domingo, 16 de diciembre de 2012





                                                                               -7-


     Furioso y tocándose la deforme cicatriz que surcaba su mejilla izquierda, el obispo salió presuroso de la sala del trono. Aquella insolente lo sacaba de quicio cada vez que se cruzaba en su camino, cada vez que abría su maldita boca de fulana. La despreciaba. No soportaba su  acusadora mirada, su sonrisa burlona llena de confesiones, los contoneos de su cuerpo deseoso de caricia. No podía perder tiempo. Debía urdir un plan que la destruyera paulatinamente, sin sospechas que lo apuntaran como artífice del mismo, puesto que tras la coronación de la que tanto lo odiaba y la muerte del monarca, ambas inminentes,  quedaría totalmente inerme sin la protección de su mayor aliado, perdiendo sin duda alguna todos los privilegios y riquezas que hubiera conseguido después de largos años de adulaciones y engaños.  
     Godet atravesó el portón de la muralla abriéndose paso, a empellones, entre los aldeanos que abarrotaban el puente levadizo aquel día de mercado. Su mente se hallaba ofuscada, envueltos sus pensamientos en una neblina de recuerdos del pasado. Apresuró el paso y cogió el sendero de tierra que llevaba hasta su particular fortaleza, un pequeño convento a las afueras de la cité, rodeado por la intimidad que el solitario bosque le proporcionaba. Apretó la sotana contra su abultado miembro cuando nadie lo veía. Necesitaba aliviarse con premura y el camino parecía no tener fin. 
     Llegó ante su hogar y entró por la puerta principal, la que daba a la cocina.  Brigitte no se encontraba allí. El clérigo la comenzó a buscar por toda la casa, pero aquella desobediente niña nunca estaba donde debía. Cogió su báculo y dio la vuelta al edificio, adentrándose en la maleza que lo rodeaba. Las plantas silvestres, crecidas por la falta de dedicación del prelado a los esfuerzos físicos y a la codicia que le impedía pagar una mísera moneda por un trabajo tan sencillo como arrancar las malas hierbas, se elevaban ya a la altura del pecho de un hombre adulto. Maldijo en voz baja. Las mismas espinas que arañaban sus piernas desprotegidas, desgarraron el dobladillo de su sotana. Dio unos pasos más, con una creciente furia naciendo en el centro de su ser, y una de sus sandalias quedó atrapada por el lodo de las últimas lluvias, tragándosela por completo al intentar zafarla. No podía detenerse a buscarla. No había tiempo que perder. Continuó apartando los altos helechos, las lilas, los cardos, las zarzas, cada vez más ansioso por hallarla. De repente, tras una morera llena de telas de araña, descubrió el sendero de hierbas aplastadas que la niña había dibujado en sus constantes idas y venidas. Siguió aquel abra y poco después la encontró en un claro, sentada en una roca y mirando fijamente al cielo, como rezando. Godet restalló el cayado en el aire, haciendo que la pequeña, asustada, saltara del asiento.
     -¡Niña del demonio! ¡Venid  aquí a expiar vuestros pecados!
     Brigitte echó a correr hacia la espesura con los ojos abiertos como platos. Temía a aquel hombre de variable humor y rápidas manos y quería huir de su lado, escapar de su maldad de una vez por todas, aunque no supiera adonde ir. La calle. Volvería a vivir en la calle, como antes de conocerlo, como cuando solo era una pordiosera sin nada que llevarse a la boca. No le importaba, prefería morirse de hambre a regresar a aquel convento junto a ese monstruo que la seguía gritando y agitando aquella vara de madera que tantas veces había golpeado su cuerpo. Recordaba las visitas nocturnas, la primera vez que entró en su celda  y ella se negó a sus peticiones y lloró y pataleó… Pero él la calmó. Le dijo que solo lo hacía por su bien, que su alma estaba oscurecida por los pecados cometidos por su familia y que Dios le había señalado como el salvador que expulsaría la corrupción de su cuerpo. Ella no comprendía por qué los pecados de su familia, si era cierto que los hubieran cometido, habían pasado a ser sus propios pecados, pero supuso que la mano del Señor no podía estar equivocada. Así que cerró los ojos lo más fuerte que pudo y dejó que el cura limpiara su alma. La segunda vez, pensando que era  imposible que ella pudiera tener el alma tan sucia porque se había intentado portar muy bien, volvió a chillar y revolverse cuando el padre se metió en su lecho. La tercera vez, en cambio, dolorida aún por la terrible paliza que su maestro le había dado la noche anterior, hizo sin rechistar todo lo que aquel le ordenó, sin apenas parpadear, con la mente puesta en su familia y en el lugar donde ahora habitaban en paz, deseosa de acompañarles.    
     Un fuerte chasquido resonó en el bosque y centenares de aves asustadas salieron volando desde las copas de los altos árboles. Brigitte cayó al suelo gritando de dolor, atrapada por el tobillo en una trampa para osos. Los huesos de la pierna sobresalían sobre los dientes de hierro del cepo y la sangre manaba a chorros, convirtiendo la hierba verde en una tupida alfombra carmesí. El hombre, a pesar de su avanzada edad, no tardó en darle alcance como a un ciervo  herido.
     -Advertida estabais, pequeña bruja, de los peligros del bosque. Ahora ya no me servís de nada- la alzó del brazo bruscamente, haciendo que la herida se rasgara aún más y la sangre saliera a borbotones.
       A punto estaba Brigitte de desmayarse de dolor. Él la zarandeó de un lado para otro, queriéndola lúcida, despierta. La desnudó. Ella con la mirada perdida, vidriosa a causa de la pérdida de sangre. Él con la fría locura llenándole los ojos.  La penetró por última vez, de pie, sin impedimentos, sin resistencia, mientras por la boca de ella salían los últimos estertores de su corta vida. Cuando el cura eyaculó en su interior, la niña hacía rato que había dejado de respirar.

domingo, 9 de diciembre de 2012





  
-6-
    
    
     La noticia de que uno de los pretendientes había sido seleccionado al fin como futuro rey de Mauban, se difundió como la pólvora a lo largo y ancho del reino. Marie, una vez acabadas su tareas matinales en la cocina, se mezcló entre la plebe reunida en torno a los diferentes puestos del mercado. Los humildes admiraban a aquellos candidatos de noble alcurnia  que, con la cabeza erguida y arropados por sus importantes séquitos, cabalgaban entre el gentío sin dar muestra de la  humillación de que debían ser dueños, al no haber tenido el honor de ser  escogidos por la bella Madeleine. En sus respectivas regiones, la decepción sería su única bienvenida tras tan sonada derrota.
    

     Había pasado en vela la larga noche tras su encuentro con Madeleine. Ella lo había echado de sus dependencias tras el acto sexual y él había obedecido agachando las orejas, sabiéndose ya  fuera de la competición tras su rápido y fallido orgasmo. Tumbado en la cama, con los ojos plenamente abiertos y con la mirada fija en el techo, había buscado mil y una maneras de excusarse ante su progenitor por el trabajo mal realizado, sin que ninguna de ellas lo satisficiere. Se creía perdido cuando al alba, con el sol aún dormido tras las lejanas montañas del este, recibiera una vez más la visita de la doncella personal de la princesa, emisaria de la grata noticia de haber sido elegido. La dicha lo había envuelto en ese mismo instante, expulsando inmediatamente de su mente los miedos que la reacción de su padre provocaban en él.
     Ahora, desde la gran cristalera de sus aposentos, Antoine miraba absorto aquel interminable desfile de señores feudales rodeados por las decenas de sirvientes, escuderos y nobles caballeros que los acompañaban en su recorrido hacía el exterior de las murallas.



     Madeleine caminaba presurosa por los corredores de la planta baja de la fortaleza, deseosa de ser ella misma quien  anunciara al regente la esperada elección. Éste la esperaba en la sala del trono, una sobria estancia de gran capacidad, pensada para las multitudinarias coronaciones, así como para los siempre interesantes ritos de armar caballeros.  Pendía del techo una enorme lámpara de bronce que tenuemente, como avergonzada, iluminaba aquellas dependencias hasta donde la débil combustión de las llamas permitía. Una soberbia alfombra asiática cubría el suelo de terrazo, mientras que, numerosos telares y blasones de la región de Mauban, vestían las frías paredes de piedra. Como mobiliario, únicamente los grandiosos tronos del rey y de la princesa Madeleine presidiendo el salón.
     -Padre- Madeleine se reverenció ante su progenitor.   
     La enfermedad lo había consumido velozmente en apenas un mes y su tez, otrora sana y cetrina como legado de sus antepasados del sur, destacaba ahora por su macilento aspecto. Aquel rostro demacrado, surcado de profundas arrugas, dedicó una leve sonrisa a su hija, llenándola de compasión. Louis Philippe el beato tendió la mano para que su hija  la besara. Ésta se la cogió, pero se detuvo en seco al ver una silueta entre las sombras de la estancia.
     -¡Obispo Godet! Vos, como la enfermedad, no dejáis de rondar a mi padre- dijo la muchacha, sin pasión en la voz, besando la mano del rey y levantándose con parsimonia. 
      -Mi dulce Madeleine, la belleza de una rosa, la sutileza de una verdulera. 
     La princesa hizo caso omiso de la furiosa mirada del clérigo. Se sentó en el trono con la cabeza erguida y la volvió para mirar a aquella inmundicia humana. 
    -Os conviene tener cuidado con las espinas que envuelven esta rosa- lo miró con desprecio, sin disimular un ápice el asco que por él sentía-. Y ahora, si nos disculpáis, mi padre y yo misma debemos hablar en privado.
     El cura se giró en redondo y salió de la gran habitación sin decir palabra.

domingo, 2 de diciembre de 2012







-5-

                                                                        
     El olor a excrementos humanos era insoportable en las mazmorras. Algunos de los cubos de madera que los condenados utilizaban para hacer sus necesidades se hallaban a rebosar de heces y orines, mientras que otros hacía tiempo que se habían volcado, desparramando su inmundo contenido por el suelo empedrado. El  obispo Godet utilizó el borde de la manga de la sotana para taparse los orificios nasales y evitar que la pestilencia llenara su garganta y sus pulmones. Las ratas, acostumbradas a la presencia del ser humano, salían a su paso por cada recoveco, sin ningún temor hacia él, dando agudos chillidos y con los ojos brillantes a la luz de las velas. Apartó a varias de ellas violentamente, ayudado por su báculo, lanzándolas contra los muros pétreos. Entonces los oyó. Unos gritos femeninos llenaban cada rincón de aquel cavernoso laberinto de celdas y salas de tortura. Era de una de éstas últimas estancias de las que provenían los lastimeros quejidos que se repetían una y otra vez por el eco, dando la impresión de que no era una sola, sino mil, las mujeres que gemían de puro terror. El clérigo sonrió al imaginar a tantas odiosas rameras sufriendo al tiempo.
     -¡Tened piedad!, ¡tened piedad por Dios!- suplicó la prisionera entre llantos cuando el cura entró en la celda de castigo.
     La muchacha, de no más de veintidós años, colgaba por las muñecas de una soga que pendía de una argolla en el techo. Estaba helada y con cada sacudida de su tembloroso cuerpo, la cuerda erosionaba más la piel de sus articulaciones, haciendo que la sangre resbalara a lo largo de los antebrazos hasta llegar a los codos y de allí al suelo, donde el constante goteo del ferruginoso líquido había formado sendos charcos. Se encontraba completamente desnuda, resaltando en su palidez extrema el vello púbico y el de las axilas.  Alguien, probablemente el verdugo, había cortado a cuchillo su larga cabellera, tanto, que podían verse zonas en los que el cuero cabelludo había desaparecido, dando lugar a  repugnantes ronchas cubiertas de golosas moscas que se alimentaban mientras no paraban de zumbar.
     -¡Callad perra!- él le pegó un puntapié en la cadera- ¡No oséis manchar el nombre de nuestro señor pronunciándolo con vuestros adúlteros labios!
     El golpe hizo que la joven perdiera su ya precario equilibrio. Llevaba horas de puntillas, con las piernas completamente estiradas, para evitar que las fibras musculares de sus brazos se rasgaran. Ya eran dos días en la misma posición, con los miembros superiores entumecidos por la falta de riego sanguíneo, orinando y defecando en aquella postura, sobre sus propias piernas, sin acostumbrarse a aquel repugnante hedor que en varias ocasiones le había hecho vomitar lo poco que su estomago contenía.
     Pero lo peor estaba por llegar. Lo sabía. Ese no era más que el aperitivo de su tortura. Las palizas, el hambre, la humillación, no eran nada comparado con las atrocidades que los verdugos podían cometer. Ella había sido acusada, por su esposo, de adúltera y semejante pecado no podía quedar impune ante los ojos de Dios. Había escuchado historias sobre el paseo de la vergüenza, unidos los amantes por los sexos para que todos pudieran ser testigos de semejante traición a las santas escrituras. De buena gana hubiese elegido aquel castigo entre todos los posibles. Que todos se enteraran. Ella lo amaba. Amaba a Bastien. Si se hubieran conocido antes de casarse con sus respectivos cónyuges, nada de aquello estaría sucediendo. Quería verlo, saber de él. Trataba de escuchar en el silencio de las mazmorras, oír su voz, su respiración. Nada. Quizá lo hubieran llevado a algún otro lugar para que sufrieran más al no saber el uno del otro. Y ciertamente, dudaba que pudiera haber tortura mayor que aquel total desconocimiento.
     -Vengo como mensajero de malas noticias, he de reconocerlo- el obispo Godet se colocó ante la muchacha mirando sin ningún tipo de tapujo sus tersos senos, bajando ella la mirada, avergonzada por su desnudez-. Era predecible. Un cuerpo tan bien esculpido, un rostro angelical… Satán sabe cómo hacer apetecibles sus criaturas.
     -¿Satán?-la muchacha no entendía nada.
     -Parecéis sorprendida, como él me advirtiera en su confesión. Dijo que disimularíais, que os haríais la inocente… Pero no penséis que voy a caer en vuestros engaños. Yo soy la mano de Dios, Él me guía y me hace cauteloso. Vuestra máscara de juventud y belleza ha caído ante mis ojos y os veo como el engendro demoníaco que sois en realidad. Hicisteis que un buen hombre, un fiel esposo enamorado, sucumbiera a vos engullido por vuestras malas artes. Bastien habló cuando iba a ser torturado. Recordó entonces cómo había sido embaucado por vos mediante algún tipo de brebaje. A punto estuvimos de cometer una injusticia al torturar a un inocente, a un buen hombre del que os aprovechasteis sin compasión, tan solo para apartar del rebaño a uno de los nuestros. Pero habéis de saber que el bien siempre sale victorioso.
     No podía creerlo. Era incierto, aquel cura mentía. Bastien no podía haberla acusado para librarse de la tortura. Se amaban tanto… Ella lo amaba tanto…  
     -¿No decís nada?- el obispo seguía ante ella, inmóvil, atenazando su mirada con aquellos gélidos y negros ojos faltos de vida-. Verdugo- dijo sin dejar de mirarla-, traed la pera. Ha llegado la hora de que esta puta de Satán comience a hablar.
     El sayón desapareció por la puerta enrejada y volvió a aparecer en unos instantes, con un utensilio de hierro en forma de pepino en la mano. Se lo entregó al clérigo.
     -Yo seré en esta ocasión la espada de la justicia divina. El bien y el mal cara a cara, como desde tiempos remotos. Mi mano, guiada por el Señor, tendrá el cometido de sacar a la luz vuestra verdadera identidad- colocó el instrumento de tortura frente al rostro horrorizado de la prisionera, sabedora de lo que ocurriría a continuación.
     El obispo hizo un gesto al verdugo. Este se acercó a la joven y separó sus piernas tanto como pudo, impidiendo que ella se revolviera. Godet colocó la pera entre los pechos de la muchacha, haciendo que sus pezones se endurecieran al contacto del frío metal, y lo deslizó suavemente hasta el monte de venus. Después, sin ningún miramiento, lo introdujo en la vagina al tiempo que la mujer rompía el silenció con un fuerte gemido de dolor, convertido en alarido cuando el cura accionó el mecanismo que hacía que las hojas metálicas del instrumento de tortura se abrieran, rasgando el interior de su conducto vaginal. La sangre no tardó en  resbalar entre sus  temblorosas piernas, como dos ríos de color bermellón.