domingo, 4 de noviembre de 2012


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      La noche caía espesa sobre el reino de Mauban. Los sirvientes se apresuraban por terminar sus quehaceres antes de acostarse, mientras que los nobles hacía rato  se habían retirado  a sus aposentos. La luna menguante, convertida en una fina línea plateada, apenas iluminaba, y eran las antorchas las que llenaban de luces y sombras los rincones del majestuoso castillo. Los intensos silencios de aquella fortaleza, daban paso, ante el más mínimo sonido, a reverberantes ecos que se extendían a lo largo y ancho de las paredes de negra roca tan abundante en la región.
      Como cada noche durante las últimas dos semanas, la figura de una mujer envuelta en una capa recorrió los corredores del primer piso.  A cada lado del pasillo por el que cruzaba, catorce pesadas puertas de madera noble eran custodiadas por catorce caballeros que guardaban los aposentos principales, ocupados por los catorce importantes invitados del rey Louis Philippe. Cada uno de los custodios no dudó en reverenciarse ante la joven doncella, a la que trece de ellos verían  por última vez.
     - Caballero- la muchacha se detuvo ante la última estancia, la que pertenecía al príncipe Antoine de Lévisoine,  favorito al trono por todas las gentes del reino –, abrid la puerta y avisad con presteza a vuestro señor, porque esta noche él ha sido el elegido.      
      El rubio soldado  no tardó en comunicar la nueva a su alteza, que nervioso, salió al corredor terminando de atarse la cinta trenzada.    
      -Príncipe Antoine- la doncella agachó la cabeza ante el noble, alto, hermoso, de dorados cabellos y ojos tan azules como un cielo de verano. No entendía que SU princesa albergara  duda alguna  sobre  la elección del pretendiente al trono. Aquel tenía todo lo necesario para reinar  junto a una mujer de su valía y para procrear, en un futuro no muy lejano, dignos herederos–.  MI señora lo aguarda y debéis saber que detesta las demoras.
      -Entonces no la hagamos esperar- dijo entrecortadamente el barbilampiño  príncipe de las frías tierras del norte. Con paso tembloroso y en aquella semi-penumbra que los envolvía convirtiéndolos en dos sombras más, siguió a duras penas a la recta y acerva  doncella de la princesa  Madeleine.
                                                                        

    
      Dashiell observó el paso atolondrado de su señor tras la bella doncella. Sintió una inmediata lástima por aquel cuitado al imaginarlo ante una fiera como la princesa, ansiosa por exprimirlo como a un cítrico para sacar hasta la última gota de su jugo, por utilizarlo como una herramienta de su propio placer. Sabía que Antoine no había conocido mujer y aquella que lo esperaba era demasiada hembra para él. Para él y, por lo que Annette le había contado la noche anterior mientras yacían desnudos en su lecho, para el resto de pretendientes; trece sin ir más lejos. Uno por noche había sido reclamado por la hija del soberano y  ninguno  había resultado un digno amante. Era impensable que su señor, un niño aún,  fuera el elegido.
     El estomago del muchacho rugió de hambre. Miró a un lado y otro de su puesto. Los restantes caballeros vigilaban los aposentos de sus respectivos señores lanza en mano, como el protocolo exigía. Al contrario que ellos, disponía de cierto tiempo libre; el que la princesa necesitara para desvirgar a aquel que, en tiempos de guerra, no dudaba en quedarse en cama por fiebres ficticias que solo a él afectaban. El soldado sonrió con tristeza recordando la última batalla en la que se había visto envuelto no haría más de medio año. Se habían  perdido  tantas vidas… Quizá era inteligencia y no cobardía lo que aquel vástago real poseía.
     Llegó a la cocina y a pesar de no encontrar a nadie en ella, la chimenea se hallaba encendida y el aire cargado de suculentos olores que se mezclaban. Se relamió acercándose al hogar. De él pendía una gran olla cuyos vapores desprendían el característico tufillo a carne de venado. Carne. Tenía entendido que en aquel reino no era habitual aquel manjar por ser el responsable, según el clero, de aumentar el deseo sexual entre los hombres. Si eso fuera cierto y dado lo hambriento que estaba, aquella noche habría muchas mujeres satisfechas en Mauban.
     Un ruido de pasos lo sacó de sus eróticos pensamientos. El soldado, que a punto estuvo de derramar el estofado que se estaba sirviendo, se giró de inmediato blandiendo lo único a su alcance.
    - Extrañas armas las que usáis en otros reinos.
     Él miró el cucharón que empuñaba y después a aquella que lo había sorprendido con las manos en la masa. Soltó una sonora carcajada.
      -Extraña si, pero eficaz en las curtidas manos de mi señora madre.
      La muchacha comenzó a reír dulcemente al tiempo que se aproximaba al fuego. Era preciosa, almibarada, de largos cabellos trigueños y serenos ojos del color de la miel. Sus vestimentas, más ceñidas que las portadas por Annette y la princesa, elevaban sus generosos y redondeados senos, dejando poco a la imaginación. Se vio a si mismo observándola en silencio, admirando su lozanía, la belleza pura de su rostro moreno y libre de maquillajes, sus mejillas encendidas por el arduo trabajo. Ella le rozó el brazo al arrebatarle el cuenco y el cucharón de las manos. Dashiell se estremeció con aquel mínimo roce.
     -No le digáis a nadie que habéis comido del estofado de caza de los señores feudales- susurró la cocinera llenando el recipiente hasta hacerlo rebosar-. Me mandarían a la picota sin dudarlo.
     -Antes cortaría mi lengua que revelar nuestro secreto- el caballero colocó los dedos índice y corazón de su mano derecha sobre el pecho a modo de promesa–. Por cierto, bella dama, ¿cómo os llamáis?
     -Marie.









PRIMERA PARTE

Un Pretendiente Para La Princesa

jueves, 1 de noviembre de 2012



PRÓLOGO



      
     Hacía calor a pesar de encontrarse la ventana abierta de par en par. La luz del plenilunio bañaba la estancia, llenándola de fantasmagóricas sombras que parecían moverse a cada parpadeo de los asustados ojos de la niña. Estaba alerta, esperando. Escuchó un portazo, unos pasos en el pasillo y el pomo de la puerta de su dormitorio comenzó a girar con un leve gruñido, más pronto aquella noche que ninguna otra. Subió las sábanas por encima de su nariz, sintiéndose así más segura, atisbando la conocida figura negra cuya silueta se dibujaba en la rendija  que iba agrandándose entre el batiente y la jamba. Él Salvador entró como un suspiro, directo al lecho. Tenía la respiración agitada, como tras una carrera, y parecía molesto, pero no por su causa. Eso lo sabía. Cuidaba mucho de no cometer errores que lo excusaran para propinarle una paliza. Él apartó el tejido encimero de un estirón y la dejó desprotegida, desnuda como había aprendido a esperarle para no recibir mayor castigo. Ya sin ropa, se tumbó sobre ella y apretó sus muñecas contra la cama con sus grandes y poderosas manos. La luz brilló entonces en su rostro y pudo ver un tajo profundo que cruzaba una de sus mejillas, además de sus ojos vidriosos, iracundos, muertos. Por un momento olvido su tormento y se cuestionó si su señor habría sido atacado por un gato montés. Mañana se lo preguntaría. Mañana, un nuevo día.  Él le separó las piernas bruscamente y la penetró sin más, como si no fuera sino una muñeca de trapo, y mientras, ella voló hasta lejos de allí, a su lugar preferido, al mismo sitio que durante tantos años había visitado cada noche, bajo un sol radiante que calentaba su rostro, que la llenaba de vida. Había verde, mucho verde, un prado. Y flores, de todos los colores. Oyó un rumor tranquilizador que la llamaba y, al acercarse, vio el cauce de un río de fuertes corrientes, de rocas que producían mil y un saltos de agua cantarines. Metió los pies y notó el frío recorriendo todo su cuerpo, haciéndola vibrar. Y aquella sensación le encantó. Las piedras, llenas de verdín, los lomos dorados de los peces brillando bajo el agua, los árboles movidos por la suave brisa… La cara comenzó a arderle y aquel maravilloso mundo se difuminó hasta desaparecer por completo. Ya no había prados, ni río, ni árboles a su alrededor. De nuevo la noche, sus aposentos y Él. Comprende entonces que la ha golpeado en la mejilla, puesto que todavía siente el quemazón que le llega hasta la oreja. No entiende su furia, la zarandea, se levanta del lecho y comienza a limpiar rudamente su miembro, friccionándolo sin cuidado alguno contra las sábanas. Ella se incorpora y lo mira, y ve algo rojo en el tejido, y se asusta, y se mira ella misma. Y ve que la cama también esta roja, llena de sangre, como cuando desangra a los pollos y que ella es como un pollo, y que se esta desangrando. Y él la llama ramera, y puta y más cosas, pero no lo escucha porque, se esta muriendo desangrada. Corre a la cocina y con un paño cualquiera limpia sus partes, pero la sangre no para de correr por sus piernas. Ya le debe quedar poco, la parca debe estar cerca. Mira a un lado y a otro, asustada, temiendo ver la muerte acechándola con su guadaña y su capa negra. Pero nadie salvo ella ocupa la cocina. Hasta que, de nuevo, llega Él. Aparece desnudo, colgándole fofo el torcido falo, rojo por el roce de las sábanas. Ya no la insulta. Ya no habla. Solo la mira y se acerca a ella, despacio, deleitándose con el momento, con su infatigable compañero de viaje prendido de la mano,  presto para golpear. Y lo hace, una y otra y otra y otra vez, sobre su espalda, sus pechos, sus piernas, pero nunca en la cara, para que nadie conozca jamás sus pecados ni su vergüenza. Luego la deja tendida en el suelo, más muerta que antes, con la carne abierta por las heridas. Y Él se sienta ante ella, con las piernas abiertas, mirándola con lástima y con la mano libre en sus testículos, maleándolos como masa de pan. Y se echa a llorar. Como un niño, cubriéndose el rostro compungido. En cambio ella, hace tiempo que no llora. Desde aquel lejano día. Y al verlo, su corazón se encoge de lástima, porque Él la quiere y la cuida y la protege. Se levanta ella tambaleándose, sin lanzar gemido audible. Se aproxima a Él y acaricia su mejilla, pero su señor la aparta con brusquedad, rabioso, impotente y, aun con lágrimas, le explica que antes de la próxima puesta de sol debe marcharse de su lado para siempre. Ella no comprende el motivo, pero asiente y se dirige a su dormitorio, pensando en que aún vive y en que, mañana, efectivamente, será un nuevo día.


domingo, 28 de octubre de 2012



                                         PREFACIO




     El medievo europeo, colmena de señores feudales, reyes y poderosos clérigos que difunden la palabra del Señor; de leyes que castigan pecados como el adulterio y la homosexualidad, mientras que utilizan otros, como la prostitución y la barraganía, para evitar sublevaciones entre la plebe. Mercaderes capaces de vender a sus madres, verdugos que, sin pestañear, hacen posibles las torturas más macabras y sangrientas imaginables. Mujeres sumisas, castradas física y mentalmente por los hombres, valiosas únicamente por el preciado don de la fecundidad. Niños que, desnutridos por la escasez de alimento, mendigan los restos de comida que otros desprecian. Caballeros que, espada en mano, luchan y mueren por su reino. Villas y aldeas grises, abandonadas por la higiene. Rúas a las que por las ventanas, al grito de agua va, se vierten las heces y  los orines de toda una población, convirtiéndolas en infestos nidos de ratas. Época oscura donde regiones enteras son devastadas por sus tres grandes enemigas; la enfermedad, la hambruna y, la peor de todas por provocarla el propio ser humano; la conquista, salpicada de saqueos, violaciones y asesinatos.
    
     Quizá haya quien piense que estos siglos privados de libertad tengan fin, que exista un futuro en el que los derechos no sean únicamente de los poseedores de riquezas y títulos. Un porvenir en el que todos seamos iguales a pesar de nuestras diferencias. Por mi parte, nada más creo que deba decir, puesto que mis palabras, como las de muchos, enmudecidas por los poderosos, a través de mi pluma y mi relato van a poderse oir.



                                                         NOTA DE LA AUTORA




      Quiero dejar bien claro que mi relato no es un cuento de niños y que puede herir la sensibilidad de ciertas personas a causa de ciertos retazos en él expuestos. Os invito a que leais la obra con la mente muy abierta, sin quedaros en la superficie de la narración. Sumergios de pleno en esta novela ficticia, en sus decorados, en sus personajes, como si de una película se tratara y vivid, como un personaje más, cada escena. Aquí y ahora comienza vuestra propia aventura.