domingo, 16 de febrero de 2014


-55-

 

 

     De nuevo la noche los envolvía. Bastien arrastraba los pies sobre la hojarasca, hambriento, muerto de frío, dolorido el rostro por el gélido aire proveniente de los Pirineos, en los que las primeras nevadas habían pintado de blanco sus cimas.

     -No puedo más- cayó de rodillas sobre la húmeda tierra, quedando a la vista, a través de las desgastadas suelas de sus botas, las plantas arañadas y sucias de sus pies-.  Necesito descansar.

     -Aquí moriremos de frío- Khalia miró a su alrededor-. Vamos a andar un poco más. Solo un poco, te lo prometo- con la mano a modo de cucharón, cogió algo de agua de la vasija medio vacía y se la puso en los labios al mercader-. Bebe y continuaremos hasta que la noche caiga por completo. Seguro que encontramos un lugar donde cobijarnos hasta el amanecer.

     El hombre hundió las manos en el barro y se incorporó tambaleante, arrugando el rostro al apoyar las plantas heridas sobre los palitroques que descansaban entre las hojas del suelo. Y prosiguieron el camino, lento,  fatigante, por sendas escarpadas y resbaladizas llenas de peligros.

     -¡Allí!- señaló la muchacha hacia una colina cercana-. ¡Una casa!- y agarró la mano de Bastien para tirar de él y acelerar la marcha hacia la construcción, un edificio de pastoreo estival, donde las paredes se encontraban descascarilladas, el techo semiderruido y los suelos repletos de excrementos secos de oveja, pero en el cual,  al menos, estarían resguardados-.  Siéntate en aquella esquina, voy a por leña- dijo Khalia en cuanto arribaron y desapareció por la puerta que hubieran hallado abierta, volviendo en apenas unos instantes con una brazada de ramas secas-. Ahora entraremos en calor- y encendió un fuego con la facilidad en que un mago hace aparecer una moneda tras la oreja de quien se ofrece voluntario.

     -Estoy congelado- el mercader tiritaba con las manos casi metidas en el fuego.

     Khalia se levantó de su lado y se desprendió del ligero vestido, mostrándole al completo su negro y esbelto cuerpo. Se acercó a él y agarró sus manos, que colocó sobre sus firmes pechos de pezones erectos. Le besó. Mordisqueó sus labios. Buscó y halló su lengua, con la que jugueteó. Entonces sacó su verga, fría como el resto del cuerpo, se agachó sobre ella y la metió en su cálida boca, hasta que de nuevo tomó temperatura y se irguió. Acarició mientras tanto su propio sexo, que no tardó en humedecerse. Se sentó sobre el endurecido miembro de Bastien y éste la penetró.

 Tras la cópula, Khalia se quedó despierta, escuchando cómo los lobos rasgaban la noche con sus aullidos. Extendió la mano hacia el zurrón de su amante, palpó en su interior y sacó aquel libro incompleto que tantas veces había visto en sus manos y que llevaba por título Iter pro peregrinis ad Compostellam. La esquina de una de las páginas centrales estaba doblada, metió sus finos dedos entre los apergaminados folios y abriendo el manuscrito, de delicadas y estudiadas trazas, leyó algunos párrafos en un latín casi ininteligible para ella, que Bastien había subrayado y junto a los cuales había escrito la palabra cuidado.

 

     Viene luego, cerca de Port de Cize, el territorio de los vascos, con la ciudad de Bayona en la costa, hacia el norte. Es ésta una región de lengua bárbara, poblada de bosques, montañosa, falta de pan y vino y de todo género de alimentos excepto el alivio que representan  las manzanas, la sidra y la leche.


     Las gentes de estas tierras son feroces, como es feroz, montaraz y bárbara la misma tierra que habitan. Sus rostros son feroces, así como la propia ferocidad de su bárbaro idioma, ponen terror en el alma de quien los contempla.


 

      Khalia guardó el libro y se tumbó junto a Bastien, que roncaba plácidamente. Pegó su cuerpo desnudo a la espalda de él y lo envolvió con sus brazos, sintiendo un escalofrío de emoción en el pecho, porque ambos se dirigían a nuevas tierras donde la vida les regalaría otra oportunidad para ser felices. Lo besó en la nuca y le susurró te amo.

 

 

 

 

     -Bueno mujer- Antoine cerró con violencia la puerta de sus aposentos y se giró hacia su esposa-. Comenzad a desnudaros. Ansío recordar los inicios de nuestra hermosa historia de amor.

     Madeleine permaneció inmóvil junto al lecho, altiva, y el monarca se acercó precipitadamente a ella y la abofeteó.

    -¡Os he dicho que os desnudéis!- gritó, rociando el rostro de la reina con las pequeñas gotas de saliva surgidas de su boca-.  ¿Acaso sufrís de sordera?

     Con la mejilla ardiendo, apretó los dientes y empezó a desnudarse lentamente, sin poder dejar a un lado su latente orgullo, dibujado en su semblante.

     -Más rápido, mi señora, más rápido- dijo Antoine con voz suave pero inquieta, agachando la cabeza y apretándola entre sus manos-. No creo que os gustara verme perdiendo la paciencia de nuevo.

     No obstante, Madeleine no se apresuró ni un ápice. Continuó quitándose las prendas despacio, sin dejar de mirar al monarca ni por un instante.

     -¡Ya está bien!- la cogió del cuello con una mano y presionó-. ¡Me tenéis harto con vuestra arrogancia, con ese anhelo enfermizo por ser mejor y más valiente que un hombre, cuando no sois sino una simple mujer!- la empujó hacia atrás y Madeleine cayó sobre la cama boca arriba, sujetándose la garganta, tratando de recuperar la respiración. El rey se lanzó sobre ella y arrancó las vestimentas que restaban sobre su cuerpo, rasgándolas con furia. La volteó-. Y ahora sentiréis el poder de mi espada.

     -¡No me amenacéis y haced de una vez lo que tengáis que hacer!- gritó ella con la mejilla apoyada sobre la sábana, sintiendo la fuerte respiración de su esposo sobre la nuca.

     -¡Por supuesto que lo haré!- Antoine sacó su miembro y se lo tocó impetuoso, deseoso de que se empinara para poder poseerla.

     -¿Queréis que llame a vuestro caballero?- soltó Madeleine burlona-. Seguro que su sola presencia…

     El rey la cogió por la larga cabellera y tiró de ella hacia atrás.

     -Ya os habéis reído harto de  mí- susurró a su oído y la soltó violentamente contra el lecho, presionando su cabeza contra el mismo para sofocar cualquier sonido salido por su boca.

     Madeleine se estremeció. El aire no le llegaba a los pulmones y sus piernas se movían espasmódicamente a cada intento por zafarse de la intensa compresión de Antoine, que excitado por la sumisión de su esposa, sonreía, seguro de que aquella zorra malnacida nunca más lo trataría como a un bufón.  Así que rodeó con la mano que le quedaba libre una de sus nalgas y la separó de la otra, descubriendo aquel pequeño orificio que nadie parecía haber osado someter. Apretó la punta de la verga contra el mismo y, aunque en un principio pareciera impenetrable,  tras varias embestidas, los gritos y sollozos apagados de la reina de fondo, vio su bálano desaparecer en él.


lunes, 10 de febrero de 2014


-54-

 

 

     Madeleine hizo un gesto con el dedo a su doncella, que se acuclilló a su lado para escuchar al oído lo que le tuviera que decir.

     -Ahora mismo- susurró Annette y, sin llamar la atención del resto de comensales, salió al frío corredor, acompañada únicamente por  las temblorosas sombras que creaban las velas. Anduvo hasta los establos, entró en la cuadra donde descansaba su caballo, lo ensilló ella misma y se colocó la oscura capa que colgaba de un gancho junto a la puerta.

     -¿Dónde vais?

     La muchacha se giró asustada.

     -Caballero- respiró aliviada al descubrir que era Dashiell quien la había sorprendido-. No os he escuchado entrar. Sois demasiado sigiloso.

     -Serlo es parte de mi trabajo- se acercó a ella y la ayudó a montar-. La noche está cayendo. ¿Os parece prudente salir sola a pasear?

     -Ahora que lo decís- alargó el brazo hacia el soldado, extendida la palma de la mano hacia arriba-, no me vendría mal vuestra compañía.

     Él la agarró con fuerza, metió el pie izquierdo en el estribo y se dio impulso con el derecho hasta el asiento, donde pegándose al máximo al cuerpo de Annette, le arrebató las riendas y la rodeó por debajo de los pechos con el brazo que quedaba libre.

     -¿Cuál es nuestro destino?- dijo Dashiell, dirigiendo el corcel hacia el portón principal.

     -Passan.

    

    

    

 

      El rey Antoine entró en el enorme salón donde se celebraba el banquete con el que finalizarían los festejos nupciales, comenzando los músicos a tocar con más entusiasmo, mientras cientos de cabezas se giraban para observarlo; su porte distinguido, su bello rostro, sus penetrantes ojos azules, sus elegantes andares. Rodeó la mesa sonriente, palmoteando con energía los hombros de los presentes y alabando la hermosura de sus mujeres, como si en realidad algo de aquello le importase.

     -Amada mía- dijo situándose junto a su esposa, tendiéndole la mano para que se levantara-, momento es de retirarnos- Madeleine se la tomó sin ganas y se alzó con la mirada ausente-. ¡Reales súbditos!-exclamó sin soltarla y cogiendo una copa de vino que levantó a la altura de su pecho, en tanto los presentes iban silenciando sus voces y poniéndose en pie-. Disculpadnos por nuestra inmediata ausencia- hizo una pausa para beberse el caldo de un trago y dejar el recipiente de plata, de golpe, sobre la mesa-, pero la alcoba nos espera.

    

 

 

 

       El caballero y la doncella llegaron a las afueras de Passan, donde la silueta de la casa del herrero se dibujaba contra los árboles, sin que ninguna luz trasluciera por las rendijas de las contraventanas cerradas. Dashiell desmontó, ató el animal a uno de los postes de madera del porche y se aproximó a la fragua.

     -Nadie parece haber trabajado hoy aquí- dijo frotando entre sus dedos las finas cenizas, que ningún rescoldo resguardaban.

     -Resulta extraño- opinó Annette, callándose repentinamente al escuchar el ronco relincho de un caballo-. Proviene del establo de Yannick- se lanzó a los brazos de Dashiell, que la esperaban abiertos para ayudarla a descender del corcel, y fueron hacia la cuadra, el custodio adelantado y desenvainada su espada,  la mujer unos pasos por detrás, envueltos ambos por la negra oscuridad acrecentada por  los sombríos bosques adyacentes.

     Entraron al pequeño recinto; olor a estiércol y paja. En la zona más alejada a la entrada, un único caballo.

     -¿Lo reconocéis?- el joven acarició las crines sedosas del nervioso equino.

     -Sí, es el mismo que el herrero dejara a mi señora para regresar al castillo. Pero, faltan los otros dos- apuntó.

     Dashiell la agarró y volvieron al porche. Intentó abrir la puerta, pero se hallaba cerrada a cal y canto. Sacó un pequeño puñal del interior de una de sus botas y forzó la cerradura. Entraron.

     -Aquí no hay nadie- el custodio registró cada rincón de la morada-. Y visto lo que ha dejado, no parece tener la intención de regresar- metió un atizador entre los leños negruzcos de la chimenea y levantó lo que parecían restos quemados de ropa de niño.

     Annette salió de nuevo a la oscuridad y entró corriendo en el establo. Le extrañaba que hubiera partido dejando un caballo, uno solo, ése precisamente, el que prestara a la reina. A tientas acarició sus crines, su grueso cuello, su lomo. Nada. Se arrodilló en el sucio suelo, segura de que debía haber algo, y palpó las finas y sin embargo recias patas del corcel. Y allí estaba, una estrecha correa y un  papel doblado apresado en su interior. Lo cogió, se incorporó y regresó a la casa sin perder tiempo, lanzándose sobre la mesa frente al hogar y desplegando el papel a la luz de un quinqué.

 

     Amada mía,

     Eres por lo único que lamento marcharme, mas alejarme debo de las muertes y la desdicha que me persiguen donde voy. Me alejo para siempre de estas tierras, de este dolor tan profundo que me engulle en su negrura, y te libro así de este lazo que no te proporcionaría sino amargura y reproches.

     No puedo pedirte que me recuerdes, que me añores, porque sería egoísta, pero  prometo que siempre estarás en mi memoria y en mi corazón.

     Siempre tuyo,

                                                                               Yannick

 

 

    Aquella escueta misiva  cortó la respiración de Annette.

     -Teníais razón, el herrero se ha ido- miró a Dashiell con ojos llorosos, imaginando la pena que embargaría a su amada cuando le comunicara la noticia-. Y os aseguro que no ha elegido el mejor momento.

lunes, 3 de febrero de 2014


-53-

 

 

     -Tenéis que volver a ser la de antes- pidió Annette a su reina, mientras ceñía los cordeles a la espalda del vestido-. Sois fuerte, pero falta hace de una demostración de vuestro aplomo. El  pueblo os necesita más que nunca tras la muerte del soberano.

     -Me cuesta tanto…

     -Lo sé. Sé lo mucho que os afectó la  repentina desaparición de vuestro padre y que, los cambios de humor del rey Antoine, en nada os ayudan a superarla. Pero la plebe de Mauban os adora, tanto como lo hago yo- la giró hasta tenerla de frente y la besó-. Y todos queremos recuperar a la Madeleine de siempre.

     -Lo intentaré- se volvió hacia el espejo, y éste le devolvió una imagen ojerosa y triste de sí misma-. Pero necesito saber de él.

     La doncella asintió con la cabeza.

     -Descuidad. Os traeré noticias de Yannick, en cuanto me sea posible.

    

 

 

 

   
  A punto de finalizar el tercer y último día de festejos por sus nupcias, el rey Antoine se excusó ante los comensales sentados a la mesa en forma de herradura, salió a la intemperie y descendió a las mazmorras por las empinadas escaleras de piedra. Deteniéndose al final de las mismas, escuchó una serie de jadeos ahogados, profundos,  provenientes de una de las celdas de tortura, donde algún preso, sin duda, recibía, a manos del verdugo, un merecido castigo. Anduvo el monarca hasta el origen de los sonidos y quedó paralizado bajo el arco que daba paso a la lúgubre estancia.

      -¡Seguid!- jadeaba el verdugo, las muñecas encadenadas por encima de la cabeza, y ésta, cubierta por una máscara negra sin aberturas y atada al cuello mediante tensas correas que marcaban su piel-. ¡Seguid! ¡No paréis!- y las dos muchachas arrodilladas ante él con los pechos descubiertos, no pararon: sobre su miembro hinchado, dos bocas, dos lenguas a un tiempo.

      Una de aquellas jóvenes, de rostro pecoso y  larga cabellera color zanahoria, rasgos ambos irlandeses, tenía una gran boca de labios finos, entre los que penetraba todo el grosor del enorme falo del carnicero. La otra, con los cabellos morenos revueltos y cortados a cuchillo, de aspecto desaliñado, sucio y  hambriento, lamía torpemente los testículos semejantes a brevas maduras que pendían ante su rostro enjuto, al tiempo que su mano derecha pasaba por entre las piernas del hombre, acariciaba su perineo y hacía que penetrara al máximo la vela que metida por el ano, amenazaba con escurrírsele del orificio. El matarife gimió por aquel placentero dolor, apretó las nalgas, echó hacia delante su cuerpo para llenar la boca de la pelirroja con su polla y eyaculó.

     -¡Bravo!- aplaudió Antoine, entrando en la sala, sin ápice de humor en su voz -. Bonito espectáculo, sayón.

     Asustadas por las inesperadas palabras, las jóvenes se giraron poniéndose en pie y cubrieron sus pechos desnudos al ver al rey, al apuesto rey,  ante ellas.

     -¿Quién hay?- preguntó el verdugo sin ver nada, moviendo la cabeza de un lado a otro esperando percibir a través del tejido alguna silueta, colgado de aquellas cadenas con la verga al aire, a medio camino entre el vigor  y  la laxitud.

     Sin hacer caso al torturador, el soberano cogió de la cintura a la pecosa, cuando con andares apresurados pasara por su lado. Acercó sus labios a los de ella y penetró la lengua en su boca, deleitándose en el obsceno sabor de la leche del verdugo. Entonces, la soltó de golpe relamiéndose los labios.

     -¡Fuera!- bramó ante la  estúpida mirada de la prostituta, que salió de la habitación en una carrera alocada, retumbando las pisadas de sus finas suelas de alpargata por corredores y escaleras, en pos de su compañera de oficio.

.    -Soltadme señor, quienquiera que seáis- suplicó el patético personaje, sin reconocer la voz de su amo.

     El rey cogió el látigo que descansaba bajo sus pies y lo rodeó con él a la altura de las rodillas. Fue subiéndolo hacia la cintura, tan pegado a su cuerpo que levantó su pene, de gran tamaño y sin embargo nada apetecible. Siguió alzando el arma y la verga cayó fofa, blanda a su lugar de origen. Cuando el látigo rodeó el cuello del verdugo, Antoine, situado tras él, lo apretó con fuerza hasta escuchar los gruñidos ahogados del  hombre.

     -¿Hicisteis el trabajo tal y como os pedí?- acercó su oído al lugar donde la máscara de tela formaba unos labios-. No os escucho, vasallo. ¿Hicisteis el trabajo?- lo soltó para que pudiera contestar.

     -Mi rey- tosió el verdugo, ronco a causa de la presión que hubiera ejercido el látigo sobre su gaznate-. Lo hice. Descuarticé al herrero tal y como me pedisteis.

     -Está bien- Antoine dio la espalda al hombre y se marchó.

     -¿Mi señor?- al no encontrar respuesta, el carnicero volvió a preguntar-. ¿Mi señor? ¿Vais a dejarme así?

     -Tranquilo, esas putas os bajaran cuando regresen a por el dinero que le debéis.

domingo, 26 de enero de 2014


-52-

 

 

       Despuntaba el alba. Dashiell despertó sintiendo a su lado el cálido cuerpo de Annette, su aliento pausado en la nuca, sus redondos pechos pegados a la espalda. Estiró el brazo hacia atrás buscando la mano de ella, esbelta, suave, y la llevó hasta su torso, donde, entrelazando los dedos de ambos, la apretó con fuerza contra su ombligo. Entonces se acarició el miembro que, erguido, lo saludaba como cada mañana. Se lo tocó despacio en un principio, inquieto por no saber la reacción de la doncella si despertara hallándolo en situación tan embarazosa. Mas escuchó y continuaba dormida, notando el caballero la proximidad del calor de su sexo sobre la piel. Y empezaron a ser más rápidas las caricias, más dura su polla. Bajó la mano de la muchacha hasta el inicio de su ensortijado y rubio vello púbico estrangulando con ella su falo. Un súbito jadeo y una estela de semen manchó la alfombra.

     Tocaron a la puerta. Hora de comenzar la jornada. Se volvió para besar los labios de Annette, y, levantándose sin ganas, echó sobre ella una manta para que no se enfriara en aquella gélida estancia.

     -Los reyes están preparados- le anunció uno de sus soldados cuando saliera al corredor.

     -¿Todo listo para su partida?

     -Sí, mi señor.

     -Entonces, escoltadlos hasta el patio de armas.

 

 

 

 

     La doncella de la reina despertó en soledad en los aposentos de Dashiell. Se preguntó haría cuanto habría partido el joven y se encogió bajo la manta de piel de oso que la cubría y que no recordaba de la noche pasada. Armándose de valor se levantó y se enredó en la piel, sintiendo, en cada trozo de su carne que quedaba a la intemperie, la fría humedad del dormitorio. Se aproximó al hogar y, como tantas veces lo hacía en las dependencias de su reina, encendió un fuego que pronto caldearía la estancia. Entonces se percató. Una mancha blancuzca decoraba la alfombra. Sonrió. Debía ser costoso saciar una verga de aquel tamaño. Mordió su labio inferior. Espiró sonoramente. Su clítoris endurecido por el deseo. Se dirigió al lecho, echó hacia atrás el cobertor, la manta y la sábana y se puso de rodillas, rozando su sexo contra la bajera, hasta que con el nombre del caballero en los labios, se corrió.

 

 

 

 

      Dashiell ayudó a que su señora, la reina de Lévisoine, montara sobre su hermoso corcel blanco.

     -Cuidadlo caballero.

     -Lo haré.

     -No permitáis que acabe siendo como su padre.

     - Promesa os doy de ello, mi reina.

     -Confío en vos, mi leal Dashiell- dijo apoyando su mano sobre el hombro del soldado-. Sois un buen hombre- y dicho esto, partió al galope con su esposo y todo su séquito tras ella, en tanto el custodio se preguntaba, si aquella promesa podría mantenerla por mucho tiempo.

     Volvió a sus aposentos. Annette ya no estaba y sintió un enorme vacío en el pecho al no encontrarla allí, tumbada a los pies del hogar, esperando por él. Su cama, revuelta, albergaba una escueta nota escrita con un tizón:

 

Deseo que mi aroma,

 ayude a saciar a la bestia.

 

     Dashiell se lanzó sobre las sábanas, olisqueando como un perro hambriento en busca de comida, y halló, vivo aún,  el perfecto olor del sexo de Annette.

domingo, 19 de enero de 2014


-51-

 

     Con gemidos prolongados y sentada a horcajadas, Annette arqueó su espalda hasta apoyarla sobre las piernas de Dashiell, en tanto que este la ceñía de la cintura para que su verga no saliera de la cálida caverna, hasta no haber vertido en ella hasta la última gota de su esencia.

     -¡Sí!- un par de enérgicas sacudidas y su polla rezumó aquella virilidad guardada desde la muerte de Marie. Alzó a la doncella y, sin salir de ella, la tumbó sobre su pecho-. Sois increíble-  susurró a su oído, acariciados sus labios por sus claros y largos cabellos.

     -Lo sé- susurró Annette a su vez, levantando la cabeza para mirarlo sonriente-. Pero me encanta que vos lo digáis- se acurrucó en aquel grande y cálido cuerpo, exhausta  tras la cabalgada, y acabaron durmiendo abrazados sobre la mullida alfombra que yacía ante la chimenea de la estancia del caballero.

 

 

 

 

    Bastien despertó con el ulular de un búho. Miró fuera de la gruta, restregándose los ojos adormecidos y con restos de cenizas. Noche cerrada en Foix.  Llamó a Khalia.

     -Ya es la hora- le dijo y ella se desperezó y lo besó con sus gruesos labios, haciendo acopio de su habitual energía.

     Se pusieron en pie y se asomaron al agujero rocoso, desde el cual, a causa de las penumbras, no se adivinaba la distancia que los separaba del suelo.

     -Sígueme- se agarró la muchacha a uno de los salientes de la pared de piedra y comenzó el descenso con la habilidad de un felino. Él no lo dudó y fue tras su amante, e intentando no resbalar en las piedras pulidas por el desgaste del río al transformarse en salto de agua, bajaron lentamente por la abrupta ladera, aprovechando, para asirse y no caer,  grietas, raíces, malas hierbas y pequeños agujeros que quedaban al desprenderse, aquí y allá, pedazos de roca.

     Llegaron abajo internándose en el espeso bosque que rodeaba la villa más importante del condado y, ya entre los árboles, al amparo de su protección, se detuvieron ambos para contemplar el gallardo y enhiesto castillo de silenciosas torres, arropado por gruesas murallas e iluminado por las fantasmales llamas de la ciudad caída. Caída, arrasada, incendiada, abatida.

      Afortunadamente para los condes, nobles y todas aquellas personalidades inspiradoras de la resistencia occitana a los que  los cristianos de la iglesia católica perseguían, la fortaleza no había sido sitiada; y allí, arriba en la colina, observadora de primera, había resistido el ataque de los enviados de Dios, mientras la plebe moría, sin importar su religión ni creencias, quedando sus cuerpos  amontonando en macabras pilas.

 

 

 

 

 


     Yannick abandonó Passan sin volver la vista atrás, hecha la firme promesa de no regresar jamás a aquellas codiciosas tierras, las cuales se habían adueñado de más de lo que él nunca podría haber ofrecido.

miércoles, 8 de enero de 2014



-50-

  

 




      -No sois demasiado habladores, ¿verdad?- graznó el obispo Godet a los hombres que lo hubieran atado al árbol, tratando de zafarse de las ligaduras-. ¡Maldita sea! ¡¿Vais a quedaros ahí plantados viendo como muero de frío?!

      -No sería mala idea- apuntó uno de los bandidos, estirándose y sentándose sobre una gran piedra frente a él-. No se me ocurre nada mejor que hacer en este bosque para matar el tiempo.

     -¡Soltadme, os lo advierto!

     -¿Nos lo advertís, anciano?- los dos raptores se miraron divertidos y echaron a reír a carcajadas-. ¿Y puede decirnos mi señor- dijo el que se hubiera sentado, haciendo una burda imitación de una reverencia-, cuán importante sois para que nos decidamos a dejaros en libertad?

     -¡Grandísimos analfabetos!- escupió el prelado furibundo-. ¡Soy el obispo Godet! ¡El obispo de Mauban!

     Aquellas palabras parecieron hacer mella en los hombres, que se alejaron un poco del cautivo y  unieron las cabezas para hablar en voz baja.

     -¿Qué puedes ofrecernos?- dijo instantes después, aproximándose al árbol, quien hasta entonces hubiera hablado.

     -Dejaros con vida.

     -Está bien, viejo- dijo el hombre sacando un puñal de su bota y blandiéndolo ante su rostro-, hablemos en serio- se acuclilló ante él-. Sabemos que no eres sino un cura fugitivo acusado de violar y matar a una joven del reino- deslizó la punta del arma sobre la piel mortecina del preso-. Dinos si hay algo de valor que puedas ofrecernos para dejarte libre, y si no, no nos hagas perder tiempo y acabemos con esto de una vez por todas.

     Godet tragó saliva al sentir la fría hoja del puñal acariciando su cuello, mas no se amedrentó.

     -Soltadme y os ofreceré Mauban.

 

    

     -

 

 

     Las profundidades de la colina de Foix seguían llenándose de humo, haciéndose el aire  irrespirable. Khalia y Bastien dejaron de admirar aquellas pinturas que adornaban gran parte de la sala de alta bóveda, volvieron a empapar en la tinaja los jirones de la falda para taparse nariz y boca y, reptando, tomaron una estrecha galería que ascendía hasta un sifón. Descendieron del mismo y, en otra sala, no tan grande como la primera, dieron con un riachuelo de aguas heladas, cuya corriente siguieron hasta llegar a una abertura por la que el arroyo, en una pequeña  cascada se transformaba.

     -Huiremos cuando anochezca- dijo la muchacha sentándose en un lugar seco.

     Bastien se situó junto a ella, la rodeó con su brazo y la apoyó sobre su pecho para que descansara hasta el momento de partir.

 

 

 

 

     -¡Dashiell!- Annette lo alcanzó por el corredor a pesar de las largas zancadas del caballero-. ¿Dónde vais así de taciturno?

     -A mi dormitorio- bramó él secamente.

     -¡Menudos humos!- ella se hizo la ofendida.

     -Perdonad, doncella, pero no me encuentro de humor- el joven resopló.

     -Quizá os vendría bien hablar con alguien acerca de lo que os reconcome las entrañas- Annette miró hacia ambos lados del pasillo vacío-. Desgraciadamente, no parece haber nadie a quien le importéis demasiado por aquí… excepto yo- le sonrió dulcemente-. Y os anuncio que no se me da nada mal escuchar los problemas ajenos.

     -Está bien- el soldado levantó las manos como dándose por vencido y estiró su brazo por detrás de aquella delicada espalda hasta agarrarle el hombro-. Haré el esfuerzo de hablar con vos, ya que nadie más hay dispuesto a escuchar mis desvaríos.

     -¿Y a qué lugar me lleváis para nuestra profunda conversación?  

     -A mis aposentos- Dashiell la miró divertido, pues ella lo miraba ceñuda-. No es lo que pensáis, claro que… podéis pensarlo, porque quizá, solo quizá, podría suceder algo si vos… Bueno, dejémoslo en;  no penséis en que os llevo para nada sucio. Me conformo con cenar mientras hablamos sentados ante el hogar.


lunes, 16 de diciembre de 2013


-49-

 

 

    Sesgando la vida de cualquiera que se interpusiera en su camino en aquella matanza indiscriminada, sobre sus monturas cubiertas por gualdrapas, tomaron las calles de Foix los cruzados, estandartes de Beaussant y lanzas en alto.

     Sin tiempo para reaccionar, Hyppolyte corrió hacia ninguna parte chocando con sus paisanos, pisando cuerpos que en el suelo se retorcían malheridos, huyendo de aquellos hombres acorazados y santos, cuyas almas eran tan rojas, como las cruces que a la altura del pecho adornaban sus mantos blancos. Entonces divisó su hogar, con las hermosas y coloridas flores de Khalia embelleciendo las ventanas. Khalia. Aceleró la carrera preguntándose dónde se hallaría su amada esposa, si habría tenido tiempo de ocultarse o si, por el contrario, habría salido en su busca, atemorizada por su suerte.

     Haciendo verdaderos esfuerzos por esquivar a los soldados de ´Roma, el hombre llegó por fin hasta los escalones de su porche, los ascendió y entró en la vivienda. Vacía. Nadie. Ni rastro de Khalia, ni del mercader extranjero.

     - ¡Khalia!- gimió asustado, lagrimeando, embargado por una soledad tan hondamente sentida, que lo hizo acurrucarse en un rincón de la habitación, como si de un niño de teta se tratase.

     De repente, el exterior se llenó de galopes, de voces como rugidos. Hyppolyte se arrodilló, gateó hasta la pared y, escondido tras las macetas de cerámica, se asomó a una de las ventanas de la planta baja. 

    -¡No! ¡No!- gritó lleno de pánico, cayendo al suelo de nalgas y reptando hacia atrás hasta chocar su espalda contra las patas de una silla-. No puedo morir sin recibir el consolamentum- y cubrió la cara entre sus manos temblorosas, ocultándose del soldado de rostro barbudo salpicado de sangre, que lo miraba fijamente y sonriendo desde el otro lado de la ventana, sujeta en su peluda mano una antorcha prendida.

      

 

    

 

 

    La jaqueca de Yannick, aquel golpeteo regular, abrumador y eterno, aumentaba con cada lento paso que daba camino a la herrería. Su mente, esa a la que había tratado de enseñar a no pensar, a no recordar, trabajaba ahora a destajo, mostrándole un millar de imágenes que no alcanzaba a comprender y que, no obstante, habían sucedido. Los niños. Los pobres niños. Colocados uno encima de otro como fardos, sus caritas y cuerpos, normalmente famélicos, hinchados por la putrefacción. Su madre, preñada de nueve meses, abierta en canal y ensangrentada, abrazada a una preciosa niña nonata a la que todavía permanecía unida por el cordón umbilical. El padre, su buen amigo, atado a una silla, marcadas sus muñecas por profundas heridas causadas al intentar zafarse de las ligaduras, mientras miraba, impotente, al depravado que acababa con su familia. Y Juliette. La enfurruñada Juliette con la que ayer mismo había hablado cuando los demás eran ya cadáveres, a la que aquel malnacido  había golpeado, forzado y tirado después al suelo como un desperdicio, queriendo despojarla así del  valor, del orgullo y del honor  que tuviera en vida.  

     -¡Bastardo!- se detuvo en el lateral del camino, se arqueó hacia delante, apoyó las manos sobre los muslos y vomitó, siendo bilis lo único que saliera por su boca. Escupió unos amargos espumarajos, limpió sus labios con el dorso de la mano y continuó la marcha hasta llegar a su morada, donde se dirigió al dormitorio, se quitó el calzado y se metió en el lecho sin desprenderse de los ropajes, ni del triste recuerdo de catorce muertes sin sentido.

 

 

 

 

     -Khalia, no puedo respirar- dijo Bastien agarrándose a una roca, encorvado y sin poder parar de toser-. Me ahogo.

     -Aguanta la respiración- la joven rasgó la parte inferior de su falda, e hizo de ella tres jirones, dos de los cuales empapara en agua de la tinaja-. ¡Toma! ¡Tápate nariz y boca!- dijo entregándole el pedazo de tela mojada y cubriéndose ella misma con la otra.

    -Si no salimos de aquí, moriremos asfixiados- jadeó con voz gutural el mercader a Khalia, que en cuclillas, manipulaba casi a ciegas el contenido de su hatillo, mientras el blanco y espeso humo los envolvía rápidamente.

     -Aguarda aquí- sin esperar respuesta, la muchacha salió corriendo de la gruta, bien cubiertos sus orificios respiratorios por el trapo, entrecerrados los ojos para que las cenizas y brasas que danzaban a su alrededor no los cegasen. Fuego. Miró en torno a ella, parpadeando ante la luz de las llamaradas. Foix ardía. Su casa. Su maravillosa casa, las de los vecinos, todas ennegrecidas y reduciéndose  a escombros ante su perpleja mirada. Qué más daba, era su sino. Otro hogar arrasado, otra nueva vida truncada. La lucha por la supervivencia continuaba. Resignada dio media vuelta, cogió un  grueso palo del suelo, lo envolvió con el jirón de falda previamente engrasado con el sebo que llevaba en el hatillo y lo prendió juntándolo a las llamas que surgían de su hogar, de lo que aún quedaba de su fachada. La improvisada antorcha ardió de inmediato y la belleza africana corrió hacia la estrecha abertura de la gruta, antes de que la pared de atrás de su vivienda se desplomara y la tapara.

     -¡Estamos atrapados!- Bastien corrió al lugar donde las piedras habían caído-. ¡Vamos a morir! ¡No hay salida!

     -¡Por aquí!- exclamó ella lanzándose a correr por las galerías serpenteantes que se extendían bajo la colina sobre la que se asentaba el castillo y él, sin dudarlo un solo instante, la siguió cargado con todas sus pertenencias.

     -¿Dónde estamos?- preguntó Bastien cuando llegaron a un espacio más abierto, como un hermoso salón del trono decorado con grandiosas estalactitas y estalagmitas amarillentas que brillaban bajo la luz de la antorcha-. ¿Qué es eso?- ambos se acercaron a una de las paredes.

    -Parecen los dibujos de un niño- dijo ella tocando la fría y resbaladiza piedra a la altura de aquellos infantiles trazos rojos, que simulaban la caza de un enorme bisonte por unos hombrecillos armados con lanzas.