lunes, 25 de noviembre de 2013



-46-

 

 

     La mañana de las nupcias se convirtió en el momento idóneo para que un fugitivo escapara de las atestadas calles de la fortaleza sin levantar sospecha. Yannick se mezcló con las gentes que llegaban dispuestas a disfrutar de un día más de festejos y con las que salían de entre las murallas para llevar a cabo aquellos trabajos que no podían dejar de realizarse bajo ningún pretexto, aunque se tratara de un enlace real que hubiera cruzado fronteras. Cogió el herrero un olvidado saco del suelo, lo echó al hombro y caminó hacia Passan simulando ser un campesino, sin detenerse hasta arribar a su hogar.  Allí rodeó el edificio y, tal y como esperaba, encontró a su corcel pastando la alta hierba que recubría la parte trasera.

     -Buen chico- susurró, dándole unas palmadas cariñosas en el robusto cuello-. Encontraste el camino de vuelta. Y, por suerte, yo también- lo cogió de las riendas  y lo llevó  a la cuadra junto a sus otros equinos.

    Yannick entró entonces en la casa y se cambió de ropa, asqueado de sentirse maloliente y  empapado en sudor. Después encendió la chimenea y se calentó junto a sus vivaces llamas, mientras un caldo de hortalizas a punto de echarse a perder hervía en una perola. Sin embargo, aquel olor delicioso no lo reconfortó. Súbitamente recordó la promesa de visitar a la familia de Juliette y el malestar sinsentido del día anterior volvió a  atenazarlo con fuerza. Se puso en pie. Alcanzó un cuenco de la repisa combada situada sobre el hogar y se sirvió dos cazos de agua manchada, que aunque a nada le supo, consiguió, al menos, calentar su cuerpo destemplado y llenar su estómago. Salió posteriormente de su morada con el mayor aplomo posible, tratando de no perder aquella calma que en más de una ocasión lo había salvado en la batalla, cuando la templanza de la mano era harto más importante que el filo de la espada. Y llegó a la aldea; la casa de sus amigos cerrada, de nuevo, a cal y canto. “Habrán ido a los festejos”- murmuró una débil voz en su cerebro, pero él sabía que no, que no habían ido, que aquella sensación que lo corroía era por algo, algo que sabía, pero que aún no había llegado a comprender. Aporreó la puerta con todas sus fuerzas, se detuvo y escuchó, por si las pisadas de alguno de sus ocupantes le revelaran su presencia. Silencio absoluto. Volvió a golpear la puerta, con más decisión, apremiante, asustado ahora al recordar la voz de Juliette a través de la madera, su voz apagada, sus respuestas vacilantes… ¿Y si no estaba sola?- otra vez la voz susurrante. Intentó no creerla, desechar la absurda idea, mas, ¿y si era aquella la respuesta? Sí, eso era. La mancha que emborronaba su mente, el golpeteo asentado en su cerebro, que cada vez se hacía más claro, más seguro, más fuerte. Juliette no se hallaba sola mientras él nada hacía por entrar en la casa, mientras se giraba con tranquilidad hacia la suya, deseoso de que llegara la noche para que, junto a Madeleine, su sed carnal se calmase.

    Haciendo mella en él la culpabilidad, Yannick propinó una impetuosa patada contra la entrada y la puerta cayó a plomo sobre el suelo de madera irregular. El nauseabundo olor del interior lo golpeó y vomitó allí mismo, sobre sus pies. Limpió con la manga el caldo sin digerir que manchaba su barbilla y anduvo entre las penumbras de la silenciosa casa, otrora llena de risas infantiles, gritos y correteos. Vio un bulto contra la pared, una sombra difusa similar a un pelele. Se aproximó. Juliette; la flacucha niña que recientemente le hubiera proclamado su amor inocente, la muchachita con la que sus hijos habían jugado hasta que la enfermedad los hubiera arrancado de esta vida. Se arrodilló junto a ella y besó dulcemente su frente, pálida como la cera y fría,  al tiempo que, con delicadeza, cerraba sus ojos muertos llenos de pavor. Le bajó las faldas, tapando así su sexo magullado y sangriento, la cogió en brazos y la llevó al lecho común, donde la tumbó y tapó con un menudo saco de arpillera, del que únicamente sobresalían sus esqueléticos bracitos y piernas.
      Con lágrimas en los ojos, el herrero encendió un velón situado junto a la cama y se acercó al vano de la puerta abierta que llevaba el sótano y del que provenía la hediondez. Bajó lentamente los peldaños labrados en la tierra, por los que en tantas ocasiones habían descendido ambos hombres para emborracharse con las reservas de vino guardadas en la bodega. Casi en el último escalón, el aire se hizo espeso, irrespirable. Yannick dejó la vela en el suelo y, a pesar de la baja temperatura, se quitó el sayo  y tapó su boca con él, anudando las mangas de la prenda por detrás de la cabeza. De nuevo tomó el velón y, con el brazo extendido, dibujó media circunferencia para alumbrar cada rincón de la estancia. Y entonces los vio, a todos y cada uno de los hermanos menores de Juliette, a todos aquellos niños maravillosos, cuyos cuerpecitos macilentos se amontonaban ahora de cualquier manera en una de las húmedas y mohosas esquinas de la bodega, como pequeños sacos de trigo esperando el momento de ser transportados a su último destino.

lunes, 18 de noviembre de 2013




-45-

 

 

     Un caballero del condado, arqueado su cuerpo hacia delante, irrumpió en la atestada villa de Foix a lomos de su corcel.

     Khalia soltó la cesta de alimentos comprados en el mercado y corrió hasta el soldado cuando ante ella cayera del caballo, gimiendo y echando por nariz y boca espumarajos de sangre que manchaban el ocre polvo del suelo. Se arrodilló junto a él y lo recostó de lado, para que sus propios fluidos no lo ahogasen. Sin embargo, la flecha que alojada en la axila había perforado su pulmón, finalmente lo llevaría a mejor vida.

 

 

 

     Madeleine dejó de respirar mientras seguía el recorrido de la antorcha, cuya llamarada se detuvo ante un hombre ensangrentado que, desmayado y con la cabeza sobre el pecho, colgaba por las muñecas de unas cadenas  que pendían del techo.

     -Ahora que soy el rey y vuestro dueño- Antoine dio tres pasos hacia el preso-, espero que os portéis como una verdadera dama, pues me debéis ese respeto. Y para que lo comprendáis, altiva y orgullosa esposa, os doy como ofrenda a vuestro amante, para que veáis que nada de lo que hagáis a mis espaldas quedará oculto, ni impune- cogió la maraña de cabellos del herrero y levantó la cabeza con brusquedad.

     -¡Loan!- exclamó sorprendida la reina, al ver que no era Yannick, sino el culpable de la muerte de su yegua, a quien habían apresado.

     -Os suponía con mejor gusto- el monarca miró al hombre de arriba abajo, meneando la cabeza de un lado a otro con gesto de desaprobación-. Esperaba encontrar a un hombre apuesto y joven, no a este viejo cochambroso y mellado. ¡Verdugo, despertadlo!- se apartó de él y contempló como el sayón cogía un balde y lanzaba con fuerza su contenido contra el rostro y el pecho del malnacido, que despertó de inmediato, con los abiertos ojos a punto de salírsele de las órbitas.

     -¿Reina?- balbuceó-. ¡Reina! ¡Al fin! Ahora podréis decirles que no soy a quien buscan, que no es sino un error.

     -Sí,  reina, decídmelo. ¿Acaso no es este el  ferrerum faber mencionado por mis espías? ¿Vuestro amado herrero?

     -¿Herrero? Pero yo ya no…-  comenzó a decir Loan, pero la reina lo interrumpió tapando su boca.

     -Amado mío, no digáis nada. Hemos sido descubiertos y debemos pagar por este inmenso pecado y esta ofensa a mi esposo. Yo admito mi culpa y sé que vos lo negaríais hasta el final de los días por salvaguardar mi honor y mi vida y, por ello, eternamente os estaré agradecida.      Mas ahora, debéis demostrar vuestra hombría, la que demostrabais mientras conmigo yacíais, siendo en la muerte, varón como fuisteis en vida.

     Madeleine se apartó de su falso amante y tomó con energía la mano de su rey, como un cordero que vuelve al redil. Antoine hizo un gesto al carnicero y este, con un rápido movimiento, sesgó de un tajo el cuello del prisionero, que murió al instante, sin que le hubieran permitido contar la verdad.

 

 

 

 

     -Bastien, recoge rápido tus cosas, debemos huir- dijo Khalia entrando en la posada y cogiendo uno de sus grandes y exóticos pañuelos, que extendió sobre la mesa del comedor y sobre el que colocó comida y ropas de abrigo.

     -¿Huir? ¿Por qué? ¿A dónde?

     -Nos atacan los cruzados.

jueves, 14 de noviembre de 2013



-44-

 

 

     Tras la tranquilizadora noticia de que su amado Yannick había podido escapar de la guardia personal de Levisoine y de la suya propia, Madeleine se acurrucó en el lecho junto con su doncella y ninguna despertó hasta que los deliciosos y suaves rayos del astro rey acariciaron sus blancas pieles.

     -Llegó el día, mi reina- susurró Annette con la cabeza sobre la almohada y los ojos entrecerrados.

     -Llegó.

     -Cabeza erguida, amplia sonrisa y relucientes ojos de enamorada.

     -¿De qué otro modo si no?

     -Aunque tengáis que pensar en otro para lograrlo.

     -En otro y en vos- Madeleine la besó suavemente en los labios.

     -Alegrad ese semblante, mi señora, y también la voz, pues no es más que un matrimonio de conveniencia, de sobra lo sabéis- Annette la abrazó, arropándola con su desnudez-. Una vez sellado el enlace ante la iglesia y los súbditos acomodados, ambos reinos formaran uno más grande y poderoso; tendréis un vástago, o dos a lo sumo, muy hermosos ambos, puesto que tanto él como vos lo sois, y los amaréis sobre cualquier otra cosa en esta vida porque serán fruto de vuestra carne. Pero a él, a él no tendréis por qué amarlo, ya que no es sino un peón en este juego de victorias y riquezas.

     -Lo sé y, sin embargo, siento en lo más profundo de mí, que esta unión será el comienzo del fin.

 

 

 

 

     Cuando la reina apareció exultante en la engalanada sala del trono, Antoine se hallaba hablando con el obispo Clemenceaux, venido desde la Mediterránea ciudad de Targo, única y exclusivamente para celebrar aquel mayestático enlace, mientras en tierras itálicas elegían al sucesor de Godet, al prelado que profesaría su culto en la nueva catedral de Sainte Marie des Innocentes, una vez sus obras concluyeran.

     -Admirad la belleza de mi prometida- dijo el príncipe dirigiéndose al obispo, al tiempo que se aproximaba a la muchacha y acariciaba la bien disimulada herida de su labio-. Soy un hombre con suerte.

     Madeleine se acercó al hombre de Dios y besó su mano haciendo una reverencia.

     -Realmente exquisita.

     -Gracias, monseigneur- la reina volvió a inclinarse, aprovechando aquel instante para mirar a la madre de su elegido, pálida y silenciosa junto a su despreciable esposo, sumisa, perdida en el insuperable abismo que su amado hijo, al pegarla, había abierto entre ambos la noche anterior.

 

 

 

     Los recién casados salieron a la calle para compartir su felicidad con el pueblo, que los recibió alterado y dichoso, lanzando al aire millares de coloridos pétalos de rosa arrancados al alba.

      -Acompañadme esposa- Antoine de Mauban le tendió la mano-. Deseo enseñaros algo importante.

     Madeleine se la cogió dubitativa y, echando una furtiva mirada hacia Annette, se dejó llevar lejos del tumulto, hasta las empinadas escaleras que conducían a las mazmorras.

     -¿Por qué me traéis aquí?- sin soltarse de él, la reina se detuvo con el vello de la nuca erizado-. Dudo del romanticismo de este lugar.

     -No es romántico, lo admito- tiró de ella con suavidad,  comenzando a bajar los escalones-. No obstante, mi regalo nupcial para vos se halla en los subterráneos y no quiero demorar en demasía la ofrenda.  

     -¿Y ni siquiera una pista obtendré de vuestros labios sobre dicha ofrenda?- intentó sonsacarle la muchacha, mientras se internaban en el pestilente y oscuro laberinto de corredores que ante ellos se abrían.

     -Si así lo deseáis- el nuevo monarca hizo una pausa no demasiado larga y continuó hablando con tranquilidad-, os diré que aquí abajo encontraréis lo que más deseáis en este mundo.

     -Vos sois lo único que deseo- Madeleine agarró con más fuerza aquella gran mano, intentando disimular la creciente sensación de ahogo que crecía en su pecho.

     -No lo dudo mi reina, no lo dudo- respondió la voz hueca de Antoine-. ¡Carcelero! ¡¡Carcelero!!     

     -Mi señor- el verdugo salió de una silenciosa celda, con las manos ensangrentadas-. Os esperaba ansioso para finalizar el trabajo- el gigante advirtió la presencia de la mujer y enrojeció-. Mi reina- hizo una torpe reverencia-. Lamento mi aspecto- se disculpó tratando de limpiar la sangre en el delantal de cuero que vestía.

     -¡Aligerad carcelero y llevadnos ante él!- apremió el rey.

     -¿Ante él?- la reina tragó saliva al tiempo que reanudaban la marcha-. ¿Quién ha sido encarcelado sin mi consentimiento?

     -¿Pensáis en alguien especial al que temierais perder?- los fríos ojos de Antoine se posaron en los suyos.

     -No, en nadie. Solo que no comprendo nada de esto.

     -Enseguida lo entenderéis, amada mía- dijo el monarca con retintín, siguiendo al verdugo hasta otra oscura celda-. ¡Iluminad el  rostro del herrero!
 

domingo, 3 de noviembre de 2013




-43-

    

 

     Iracundos y enloquecidos, los gritos del príncipe Antoine emergieron de los aposentos de Madeleine, resonando como truenos tempestuosos a lo largo de los corredores de ambas alas de la primera planta del castillo.

     -¡Malnacida!-  la mano abierta del futuro monarca restalló sobre la mejilla izquierda de la muchacha, que sujeta por Thibaut, el custodio que la había sacado a trompicones del pasadizo, no pudo sino esperar el golpe con arrestos-. ¿Con quién os hallabais en  vuestro escondrijo?

     -Con nadie, creedme amado mío- dijo con gesto compungido, oculto su orgullo, mientras un hilillo de sangre emergía de la comisura de sus labios y el sabor del hierro inundaba su boca-, solo paseaba en un lugar calmo, intentando apaciguar mis nervios antes del enlace.

     Liberándola del aprisionamiento del pubescente caballero, su prometido la atrajo bruscamente hacia sí,  alzó su camisón y  tocó su húmedo sexo sin ningún miramiento.

     -¿Y acaso ha sido una inmunda rata quien os ha mojado como a una sucia ramera?- el príncipe se acercó a ella hasta que las puntas de sus narices chocaron-.  Además, vuestro aliento huele a polla- le susurró con una voz  tan gélida, que capaz habría sido de helar la sangre al más osado guerrero-.  ¿Tan cegado y estúpido me creéis?

    -Hijo mío, ¿qué sucede? ¿Por qué esos gritos?- la regente de Lévisoine, con su largo cabello rubio trenzado a un lado y decenas de cicatrices desfigurando su rostro sin maquillaje, se detuvo de súbito en mitad de la estancia, con los ojos abiertos a más no poder, advirtiendo por primera vez que el nulo parecido físico entre  su vástago y su esposo, existía, sin embargo, en el interior de sus enfermas mentes viriles-. Déjala ir Antoine, fruto de mis entrañas- susurró  acercándose hasta ellos con pausado caminar, intentando no alterar en demasía a su nervioso hijo de mirada enloquecida, que sujetaba a Madeleine como a punto de hacerla pedazos con sus fuertes manos-. Debes un respeto a la que mañana será tu mujer- la reina del norte se detuvo y acarició con todo su amor el musculado brazo de su fruto, recibiendo como única respuesta  un impetuoso manotazo que la dejara aturdida sobre la alfombra.

 

 

 

 

     Una vez la figura del herrero se hubiera desvanecidos entre las sombras, del mismo modo que el aturdimiento causado por la cerveza, Dashiell y Annette echaron a correr hasta las dependencias reales por calles y plazas infestadas de soldados que intentaban dar caza al fugitivo.

      -¡Príncipe, ya está bien!- exclamó el caballero haciendo acto de presencia en los aposentos de Madeleine de Mauban, a tiempo de ver cómo Antoine golpeaba  a su madre y esta caía al suelo como un pelele.  Se agachó y la levantó con dulzura-. ¿Estáis bien, majestad?- ella no dijo nada. Lo miró sin expresión alguna y dejó que el custodio que en tantas ocasiones la hubiera ayudado  tras incontables palizas de su marido la llevara hasta su dormitorio.

     -¡Soltad a mi reina!- exigió entonces Annette, con los brazos en jarras ante su futuro rey.

     -Si tanto la deseáis, es vuestra- la empujó contra la doncella y ambas quedaron sumidas en un dilatado abrazo, en tanto Antoine abandonaba los aposentos con el joven caballero Thibaut pisando sus talones.


viernes, 25 de octubre de 2013




-42-

 

     Dejó Yannick de lamer el sexo de su amada cuando el pasadizo comenzara a inundarse  de ecos de voces en grito y raudas pisadas.

     -¡Corred!- exclamó la reina bajándose los faldones del camisón y cubriendo sus senos, al tiempo que empujaba al herrero hacia la salida-. ¡Huid mientras los retengo!

     -¿Y vos?- preguntó preocupado.

     -¡Corred y no miréis atrás!- exclamó ella alejándose por el oscuro pasaje.

     Sin pensarlo dos veces, echó el hombre a correr deteniéndose apenas un instante, suficiente para abrir una abertura por la que escapar hacia el bosque.  Allí azuzó a su corcel para que corriera lejos y, con una agilidad inverosímil para alguien de su envergadura, trepó por el tronco de un árbol de espeso follaje en el que esperaba poder ocultarse de sus perseguidores.

     -¡Por allá! ¡Escapa a caballo!- exclamó uno de los soldados del príncipe Antoine situándose bajo el escondrijo de Yannick-. ¡Vosotros!- dijo refiriéndose a dos de sus iguales-. Perseguidlo a pie- se giró hacia el resto.-  Los demás, seguidme. Iremos a por nuestras monturas.

     El herrero espero a perder de vista a ambos grupos y aprovechó la ocasión para descender de un salto desde la más baja de las ramas.
 

 

 

 

 

     En el exterior de la taberna ya había oscurecido mientras Annette y Dashiell continuaban bebiendo codo con codo, acompañados de varios clientes a los que habían invitado con aquella primera y única moneda de oro que la doncella de la reina hubiera colocado sobre el mostrador.

     -¡Ya es hora de marchar!- exclamó Annette levantándose tambaleante y acabando de un trago el contenido de la jarra que portaba en la mano-. ¡Pero cuanta gente ha venido!- la muchacha fijó la mirada en los parroquianos, quedando absorta por la cantidad de gemelos idénticos que había parido Mauban-. ¡Que a ninguno de mis amigos se les seque el gaznate!- dijo señalando a apenas cuatro hombres que la miraban divertidos. Entonces Annette trastabilló con el banco en el que había estado sentada y cayó junto con él patas arriba, cubriéndosele la cabeza con los faldones del vestido-. Demonios, ¿quién ha apagado la luz?

     -Doncella- sin poder evitar lanzar unas sonoras risotadas, Dashiell, quien había tenido reflejos suficientes para ponerse en pie y no acompañarla en la caída, le bajó el vestido y la ayudo a levantarse-, mejor será que vayamos a tomar el fresco. Estáis totalmente embriagada.

     -¿Embriagada?- la muchacha sacudió su golpeado trasero-. Demasiado fina palabra para describir semejante cogorza.

    Carcajeándose y agarrados como dos buenos amigos, salieron ambos a la vía principal, deteniéndose sobresaltados cuando por todo el perímetro del adarve retronaron los gritos de los soldados dando la voz de alarma sobre un fugitivo

.

 

 

 

     Yannick corrió  en paralelo a la muralla por entre los árboles,  alejándose todo lo posible del portón principal. Se detuvo, respiró hondo y comprobando que el camino estaba despejado, volvió a  salir a la negrura del campo desnudo, sin detener la carrera hasta tener de nuevo la espalda pegada contra el muro defensivo.  Cuando llegó hasta unas rocas amontonadas contra la pared, las escaló y aprovechando una zona desprotegida del adarve, saltó por encima y se coló en la fortaleza, donde nunca nadie sospecharía que había osado ocultarse.

    

 

 

     -¿Estarán atacándonos?- preguntó Annette asustada, agarrándose con fuerza al brazo del caballero.

     -Tranquilizaos, doncella- acarició su hombro-, será un ladrón que ha escapado de las mazmorras. Estando conmigo, no debéis temer.

     Reiniciaron la marcha hacia la plaza situada frente a la entrada al castillo, cuando a apenas diez pasos de la misma, un individuo saliera a la carrera de una estrecha calleja topándose de bruces con ellos.

     - ¿Tenéis prisa, extraño?- Dashiell desenvainó la espada y le colocó la punta bajo la barbilla.

     -¿Herrero?- Annette dio un par de pasos al frente para mirarlo mejor-.  ¿Cómo vos por aquí?

     -¿Acaso lo conocéis?- le preguntó el caballero, incrédulo, sin apartar la mirada del hombre.

     -Sí, lo conozco, pero es una historia demasiado larga para contárosla en estos momentos- se volvió al amante de su amada-. ¿Qué sucede?

     -Doncella, yo…- Yannick tragó saliva y el frío hierro acarició su piel-.  Soy ese fugitivo al que buscan.

     El custodio apretó más la punta del arma contra su cuello.

    -¡No!- Annette la apartó-. Debemos salvaguardar su vida- tomó con dulzura una de las manos del caballero-. Confiad en mí, os lo ruego.

     Dashiell miró aquellos bellos ojos suplicantes y empujó al herrero a un portalón oculto por las sombras.  

     -Esperad a que desaparezcamos y después marchad a la taberna más próxima y ocultaos hasta que despunte el alba.


viernes, 11 de octubre de 2013


-41-

 

 

     En honor al prometido y sus progenitores, el desfile dio fin en una gran plaza donde, como era costumbre en los festejos de tierras del norte, se alineaban varias decenas de largas mesas a rebosar de suculentos manjares y jarras de cerveza. Tampoco el vino escaseaba por ser Mauban fértil en viñas, vinateros y adeptos a ese líquido venerado desde época romana. Sin embargo, era en las bodegas reales donde los de mejores añadas continuaban, solo aptos para delicados paladares.

     En medio de un brindis por la pareja que al día siguiente contraería nupcias, un hombre joven y enjuto de mirada aviesa tropezó con el príncipe Antoine cuando este, enaltecido y triunfal, alzaba la jarra de cerveza sobre su cabeza mientras enarbolaba un viva coreado por la multitud.

     -Pero… -el príncipe miró un trozo de tela manchado de tinta que el extraño había colocado en su mano y, sin pensarlo dos veces ni decir nada a nadie, lo ocultó bajo el cinturón.

 

 

 

      Había anochecido cuando, agazapado, Yannick salió del bosque y corrió en dirección a la muralla hasta pegar la espalda contra ella, exactamente donde Madeleine le había indicado. Una vez a salvo, y seguro de no haber sido descubierto, intentó serenarse respirando para ello  con más sosiego aquel aire fresco que en breve  entumecería su cuerpo.

     Un ruido se oyó a su siniestra. Su vista, ya acostumbrada a la oscuridad, percibió un cambio en el muro, una abertura por la que entrar. Se acercó y vio a su amada, a su amante, hermosa, espléndida, sutil como una aparición fantasmal, alumbrado su cuerpo, apenas cubierto por un camisón de seda, por las tenues llamas del candelabro que, no obstante, dejaban en penumbras el abrupto pasadizo que se extendía tras ella.

      -Deseaba veros, herrero- tras haber cerrado la entrada secreta, la reina se dejó abrazar por aquellos cálidos brazos en tanto se fundían en un ardiente beso.

     -Debo ser muy sucio, mi señora, puesto que veros no era lo único que yo deseaba.

      Dejando que el candelabro reposara sobre el suelo pedregoso, Madeleine se agachó y, acuclillada, sacó el miembro de Yannick para chupárselo golosa. Él apoyó las palmas en la pared húmeda formando un arco bajo el que ella no dejaba de saborear su verga, más dura a cada instante. Con una de las manos le sujeto entonces la nuca y, presionándola hasta tener la frente apoyada bajo su ombligo, se balanceó con fuerza hacia delante, haciendo que el glande descendiera más allá de la campanilla, sin que el roce provocara arcada alguna en la muchacha.

 

 

 

     Ante su lecho, Antoine permitía a su paje que lo librara de las estrechas y ornamentadas vestiduras que amenazaban con macerar su piel, tras un largo y agotador día de festejos que concluía al fin.

     -Tomad, mi señor- el lacayo le tendió un fragmento de tela-, ha caído al desabrocharos el cinturón.

     -Retírate de inmediato- dijo el príncipe arrebatándole el tisú-.  Yo mismo finalizaré la tarea.

     El sirviente salió de la estancia, y el futuro monarca se sentó a su escritorio desplegando la tela manchada de tinta que nada llevaba escrito, pero que aquel extraño se había molestado en entregarle a costa de su vida si algún soldado lo hubiera visto empujarle. La olió y detectó un leve aroma a limón. De inmediato estiró la tela sobre la llama de una candela  y letras negras como el tizón comenzaron a hacer acto de presencia como si una mano invisible las estuviera escribiendo.    

     Oculto a los ojos enemigos vivo para que muerto me crean y no persigan a este viejo herido a hierro y difamado con absurdas mentiras. Sin embargo, mi fiel amigo, aun poniendo mi vida en peligro, era mayor mi deber de advertiros, desde lejanos lares, sobre la desconfianza que debe produciros la relación entre nuestra reina y el ferrerrum fab

      Las últimas palabras del mensaje se hallaban emborronadas.  Antoine acercó la tela a la llama, con tan mala suerte que aquella prendió, formándose un agujero de bordes negruzcos que devoró con rapidez el tisú. Lo tiró al suelo al sentir su calor en las yemas de los dedos   y observó en silencio cómo ardía, hasta convertirse en una fina hoja de ceniza que terminó por desintegrarse en pequeñas partículas grisáceas que quedaron amontonadas sobre la alfombra.

     Entonces salió de la estancia con furia y corrió hasta la habitación de Madeleine, que se hallaba  vacía. Llamó a sus caballeros hasta desgañitarse y todos ellos, salvo su mano derecha, aparecieron en breve tras él.

     -¡Buscadla! ¡Traed a la reina ante mí inmediatamente, pedazo de alcornoques!- gritó el príncipe con los ojos fuera de sus órbitas, totalmente desquiciado.

     Antes de que ninguno de los custodios abandonara los aposentos de la soberana, Thibaut, el  más joven entre ellos, se percató de una rendija de luz que emergía de la chimenea.

     -Majestad- bajo la atenta mirada del príncipe y toda su guardia, el muchacho se acercó al hogar y empujó la pared frontal, que se deslizó sin esfuerzo.

sábado, 28 de septiembre de 2013


-40-

 

 

 

   La dulce melodía de las flautas de pico y traveseras, se mezclaba en armonía a los acordes de  laudes y chirimías cuando Madeleine y Antoine, la mano de ella apoyada sobre la de él,  hicieran acto de presencia ante el portón principal del castillo, arropados por los vítores y brazos alzados de los presentes.

     -Curiosa mentalidad la de vuestro padre- susurró la reina a su futuro esposo, ladeando la cabeza para hablarle al oído sin dejar de saludar a su enorgullecido pueblo.

     -¿¡Mi padre!?- preguntó el príncipe alzando la voz, para bajarla de inmediato al percatarse de dónde se hallaba- ¿Acaso ha tenido la desfachatez de visitaros? ¿A vos, mi reina? - sus mejillas enrojecieron ante aquella falta de educación de su progenitor, que ni en tierra ajena había sido capaz de guardar las formas.

     -Calmaos, mi prometido, puesto que Léonard de Levisoine quedó de sobra advertido sobre quién pone las normas en Mauban- Madeleine se puso de puntillas y besó el rostro del hermoso y rubio muchacho entre los gritos enardecidos del gentío.

 

 

 

 

     -Maldigo al creador de estos aburridos desfiles- murmuró Annette para que solo Dashiell,  que caminaba a su lado, pudiera escucharla.

     -No más que yo- dijo él sin romper la cadencia de sus pasos y retirando con el dorso de la mano el sudor que perlaba su frente-.  Con que placer bebería ahora una fría cerveza.

     -¿Solo una?- la doncella lo miró desafiante-. Yo desearía emborracharme hasta perder el sentido, con el fin de no sufrir estos tediosos festejos.

     El caballero sonrió y aprovechó que el cortejo cruzaba bajo una pasarela para hacer un gesto a uno de sus soldados, que de inmediato lo relevó en su posición. Agarró entonces a Annette por la mano y la instó a salir corriendo hacia la derecha, por una estrechísima calleja formada por sendos edificios de paredes desnudas y agrietadas.

     -¿Dónde me lleváis?- preguntó ella divertida.

     -A un lugar perfecto donde poder complaceros- dijo él, al tiempo que volvían a girar a la derecha, saliendo a una calle más amplia y de poco movimiento-. Aquí es.

     La doncella esbozó una sonrisa al verse ante la taberna. Tiró hacia abajo de su vestido hasta dejar al aire los hombros y el canal entre sus redondos pechos, se quitó el tocado y revolvió sus rubios cabellos hasta parecer algo desaliñada.

     -¿Mejor para nuestro impío propósito?

     -Mejor, aunque incluso luciendo vuestros lozanos senos y con los cabellos revueltos, continuáis pareciendo una  hermosa dama- declaró él, mirando fijamente aquel pálido rostro de mejillas sonrosadas, que en nada podía compararse con las pieles ajadas de mujeres menos favorecidas socialmente.

     -Lo sé, hermosa hasta la saciedad- se adentró en el oscuro local seguida por Dashiell-. Pero no os encaprichéis de mí, custodio, pues detestaría haceros daño- continuó diciendo, con el tono más seco y engreído que pudo encontrar en su repertorio, evitando dar muestras de que era ella, y no al contrario, quien bebía los vientos por él.

     En el interior de la taberna el aire era pesado y rancio,  una mezcla de cerveza, vino, sudor  y vómito que creaban un nuevo y repulsivo olor para Annette, quien tapó sus fosas nasales sin disimulo, concentrada en evitar una segunda arcada.

     -No os preocupéis, tras un par de tragos no percibiréis el hedor- el soldado acarició su espalda con la palma de la mano.

      -Quel bon vent!- exclamó una de las rameras que, con cara aburrida, empinaba el codo a la espera de cualquier cliente que llenara de escudos su bolsa. Se colgó del cuello del caballero  aplastando sus grandes tetas contra el pecho de él-. ¡Dichosos los ojos! - giró la cabeza para mirar con desprecio a Annette-. Por lo que veo, vienes acompañado- pareció meditar unos instantes-.  No importa, pero eso te resultará más caro.

     Antes de que él pudiera contestar, la doncella, agarrándolo por el brazo, lo llevó hasta la barra, donde el tabernero se afanaba en limpiar unas jarras con un trapo tan sucio que no se adivinaba su verdadero color.

    -Dos jarras de cerveza- pidió, dejando una moneda de oro sobre el mostrador.