domingo, 26 de enero de 2014


-52-

 

 

       Despuntaba el alba. Dashiell despertó sintiendo a su lado el cálido cuerpo de Annette, su aliento pausado en la nuca, sus redondos pechos pegados a la espalda. Estiró el brazo hacia atrás buscando la mano de ella, esbelta, suave, y la llevó hasta su torso, donde, entrelazando los dedos de ambos, la apretó con fuerza contra su ombligo. Entonces se acarició el miembro que, erguido, lo saludaba como cada mañana. Se lo tocó despacio en un principio, inquieto por no saber la reacción de la doncella si despertara hallándolo en situación tan embarazosa. Mas escuchó y continuaba dormida, notando el caballero la proximidad del calor de su sexo sobre la piel. Y empezaron a ser más rápidas las caricias, más dura su polla. Bajó la mano de la muchacha hasta el inicio de su ensortijado y rubio vello púbico estrangulando con ella su falo. Un súbito jadeo y una estela de semen manchó la alfombra.

     Tocaron a la puerta. Hora de comenzar la jornada. Se volvió para besar los labios de Annette, y, levantándose sin ganas, echó sobre ella una manta para que no se enfriara en aquella gélida estancia.

     -Los reyes están preparados- le anunció uno de sus soldados cuando saliera al corredor.

     -¿Todo listo para su partida?

     -Sí, mi señor.

     -Entonces, escoltadlos hasta el patio de armas.

 

 

 

 

     La doncella de la reina despertó en soledad en los aposentos de Dashiell. Se preguntó haría cuanto habría partido el joven y se encogió bajo la manta de piel de oso que la cubría y que no recordaba de la noche pasada. Armándose de valor se levantó y se enredó en la piel, sintiendo, en cada trozo de su carne que quedaba a la intemperie, la fría humedad del dormitorio. Se aproximó al hogar y, como tantas veces lo hacía en las dependencias de su reina, encendió un fuego que pronto caldearía la estancia. Entonces se percató. Una mancha blancuzca decoraba la alfombra. Sonrió. Debía ser costoso saciar una verga de aquel tamaño. Mordió su labio inferior. Espiró sonoramente. Su clítoris endurecido por el deseo. Se dirigió al lecho, echó hacia atrás el cobertor, la manta y la sábana y se puso de rodillas, rozando su sexo contra la bajera, hasta que con el nombre del caballero en los labios, se corrió.

 

 

 

 

      Dashiell ayudó a que su señora, la reina de Lévisoine, montara sobre su hermoso corcel blanco.

     -Cuidadlo caballero.

     -Lo haré.

     -No permitáis que acabe siendo como su padre.

     - Promesa os doy de ello, mi reina.

     -Confío en vos, mi leal Dashiell- dijo apoyando su mano sobre el hombro del soldado-. Sois un buen hombre- y dicho esto, partió al galope con su esposo y todo su séquito tras ella, en tanto el custodio se preguntaba, si aquella promesa podría mantenerla por mucho tiempo.

     Volvió a sus aposentos. Annette ya no estaba y sintió un enorme vacío en el pecho al no encontrarla allí, tumbada a los pies del hogar, esperando por él. Su cama, revuelta, albergaba una escueta nota escrita con un tizón:

 

Deseo que mi aroma,

 ayude a saciar a la bestia.

 

     Dashiell se lanzó sobre las sábanas, olisqueando como un perro hambriento en busca de comida, y halló, vivo aún,  el perfecto olor del sexo de Annette.

domingo, 19 de enero de 2014


-51-

 

     Con gemidos prolongados y sentada a horcajadas, Annette arqueó su espalda hasta apoyarla sobre las piernas de Dashiell, en tanto que este la ceñía de la cintura para que su verga no saliera de la cálida caverna, hasta no haber vertido en ella hasta la última gota de su esencia.

     -¡Sí!- un par de enérgicas sacudidas y su polla rezumó aquella virilidad guardada desde la muerte de Marie. Alzó a la doncella y, sin salir de ella, la tumbó sobre su pecho-. Sois increíble-  susurró a su oído, acariciados sus labios por sus claros y largos cabellos.

     -Lo sé- susurró Annette a su vez, levantando la cabeza para mirarlo sonriente-. Pero me encanta que vos lo digáis- se acurrucó en aquel grande y cálido cuerpo, exhausta  tras la cabalgada, y acabaron durmiendo abrazados sobre la mullida alfombra que yacía ante la chimenea de la estancia del caballero.

 

 

 

 

    Bastien despertó con el ulular de un búho. Miró fuera de la gruta, restregándose los ojos adormecidos y con restos de cenizas. Noche cerrada en Foix.  Llamó a Khalia.

     -Ya es la hora- le dijo y ella se desperezó y lo besó con sus gruesos labios, haciendo acopio de su habitual energía.

     Se pusieron en pie y se asomaron al agujero rocoso, desde el cual, a causa de las penumbras, no se adivinaba la distancia que los separaba del suelo.

     -Sígueme- se agarró la muchacha a uno de los salientes de la pared de piedra y comenzó el descenso con la habilidad de un felino. Él no lo dudó y fue tras su amante, e intentando no resbalar en las piedras pulidas por el desgaste del río al transformarse en salto de agua, bajaron lentamente por la abrupta ladera, aprovechando, para asirse y no caer,  grietas, raíces, malas hierbas y pequeños agujeros que quedaban al desprenderse, aquí y allá, pedazos de roca.

     Llegaron abajo internándose en el espeso bosque que rodeaba la villa más importante del condado y, ya entre los árboles, al amparo de su protección, se detuvieron ambos para contemplar el gallardo y enhiesto castillo de silenciosas torres, arropado por gruesas murallas e iluminado por las fantasmales llamas de la ciudad caída. Caída, arrasada, incendiada, abatida.

      Afortunadamente para los condes, nobles y todas aquellas personalidades inspiradoras de la resistencia occitana a los que  los cristianos de la iglesia católica perseguían, la fortaleza no había sido sitiada; y allí, arriba en la colina, observadora de primera, había resistido el ataque de los enviados de Dios, mientras la plebe moría, sin importar su religión ni creencias, quedando sus cuerpos  amontonando en macabras pilas.

 

 

 

 

 


     Yannick abandonó Passan sin volver la vista atrás, hecha la firme promesa de no regresar jamás a aquellas codiciosas tierras, las cuales se habían adueñado de más de lo que él nunca podría haber ofrecido.

miércoles, 8 de enero de 2014



-50-

  

 




      -No sois demasiado habladores, ¿verdad?- graznó el obispo Godet a los hombres que lo hubieran atado al árbol, tratando de zafarse de las ligaduras-. ¡Maldita sea! ¡¿Vais a quedaros ahí plantados viendo como muero de frío?!

      -No sería mala idea- apuntó uno de los bandidos, estirándose y sentándose sobre una gran piedra frente a él-. No se me ocurre nada mejor que hacer en este bosque para matar el tiempo.

     -¡Soltadme, os lo advierto!

     -¿Nos lo advertís, anciano?- los dos raptores se miraron divertidos y echaron a reír a carcajadas-. ¿Y puede decirnos mi señor- dijo el que se hubiera sentado, haciendo una burda imitación de una reverencia-, cuán importante sois para que nos decidamos a dejaros en libertad?

     -¡Grandísimos analfabetos!- escupió el prelado furibundo-. ¡Soy el obispo Godet! ¡El obispo de Mauban!

     Aquellas palabras parecieron hacer mella en los hombres, que se alejaron un poco del cautivo y  unieron las cabezas para hablar en voz baja.

     -¿Qué puedes ofrecernos?- dijo instantes después, aproximándose al árbol, quien hasta entonces hubiera hablado.

     -Dejaros con vida.

     -Está bien, viejo- dijo el hombre sacando un puñal de su bota y blandiéndolo ante su rostro-, hablemos en serio- se acuclilló ante él-. Sabemos que no eres sino un cura fugitivo acusado de violar y matar a una joven del reino- deslizó la punta del arma sobre la piel mortecina del preso-. Dinos si hay algo de valor que puedas ofrecernos para dejarte libre, y si no, no nos hagas perder tiempo y acabemos con esto de una vez por todas.

     Godet tragó saliva al sentir la fría hoja del puñal acariciando su cuello, mas no se amedrentó.

     -Soltadme y os ofreceré Mauban.

 

    

     -

 

 

     Las profundidades de la colina de Foix seguían llenándose de humo, haciéndose el aire  irrespirable. Khalia y Bastien dejaron de admirar aquellas pinturas que adornaban gran parte de la sala de alta bóveda, volvieron a empapar en la tinaja los jirones de la falda para taparse nariz y boca y, reptando, tomaron una estrecha galería que ascendía hasta un sifón. Descendieron del mismo y, en otra sala, no tan grande como la primera, dieron con un riachuelo de aguas heladas, cuya corriente siguieron hasta llegar a una abertura por la que el arroyo, en una pequeña  cascada se transformaba.

     -Huiremos cuando anochezca- dijo la muchacha sentándose en un lugar seco.

     Bastien se situó junto a ella, la rodeó con su brazo y la apoyó sobre su pecho para que descansara hasta el momento de partir.

 

 

 

 

     -¡Dashiell!- Annette lo alcanzó por el corredor a pesar de las largas zancadas del caballero-. ¿Dónde vais así de taciturno?

     -A mi dormitorio- bramó él secamente.

     -¡Menudos humos!- ella se hizo la ofendida.

     -Perdonad, doncella, pero no me encuentro de humor- el joven resopló.

     -Quizá os vendría bien hablar con alguien acerca de lo que os reconcome las entrañas- Annette miró hacia ambos lados del pasillo vacío-. Desgraciadamente, no parece haber nadie a quien le importéis demasiado por aquí… excepto yo- le sonrió dulcemente-. Y os anuncio que no se me da nada mal escuchar los problemas ajenos.

     -Está bien- el soldado levantó las manos como dándose por vencido y estiró su brazo por detrás de aquella delicada espalda hasta agarrarle el hombro-. Haré el esfuerzo de hablar con vos, ya que nadie más hay dispuesto a escuchar mis desvaríos.

     -¿Y a qué lugar me lleváis para nuestra profunda conversación?  

     -A mis aposentos- Dashiell la miró divertido, pues ella lo miraba ceñuda-. No es lo que pensáis, claro que… podéis pensarlo, porque quizá, solo quizá, podría suceder algo si vos… Bueno, dejémoslo en;  no penséis en que os llevo para nada sucio. Me conformo con cenar mientras hablamos sentados ante el hogar.


lunes, 16 de diciembre de 2013


-49-

 

 

    Sesgando la vida de cualquiera que se interpusiera en su camino en aquella matanza indiscriminada, sobre sus monturas cubiertas por gualdrapas, tomaron las calles de Foix los cruzados, estandartes de Beaussant y lanzas en alto.

     Sin tiempo para reaccionar, Hyppolyte corrió hacia ninguna parte chocando con sus paisanos, pisando cuerpos que en el suelo se retorcían malheridos, huyendo de aquellos hombres acorazados y santos, cuyas almas eran tan rojas, como las cruces que a la altura del pecho adornaban sus mantos blancos. Entonces divisó su hogar, con las hermosas y coloridas flores de Khalia embelleciendo las ventanas. Khalia. Aceleró la carrera preguntándose dónde se hallaría su amada esposa, si habría tenido tiempo de ocultarse o si, por el contrario, habría salido en su busca, atemorizada por su suerte.

     Haciendo verdaderos esfuerzos por esquivar a los soldados de ´Roma, el hombre llegó por fin hasta los escalones de su porche, los ascendió y entró en la vivienda. Vacía. Nadie. Ni rastro de Khalia, ni del mercader extranjero.

     - ¡Khalia!- gimió asustado, lagrimeando, embargado por una soledad tan hondamente sentida, que lo hizo acurrucarse en un rincón de la habitación, como si de un niño de teta se tratase.

     De repente, el exterior se llenó de galopes, de voces como rugidos. Hyppolyte se arrodilló, gateó hasta la pared y, escondido tras las macetas de cerámica, se asomó a una de las ventanas de la planta baja. 

    -¡No! ¡No!- gritó lleno de pánico, cayendo al suelo de nalgas y reptando hacia atrás hasta chocar su espalda contra las patas de una silla-. No puedo morir sin recibir el consolamentum- y cubrió la cara entre sus manos temblorosas, ocultándose del soldado de rostro barbudo salpicado de sangre, que lo miraba fijamente y sonriendo desde el otro lado de la ventana, sujeta en su peluda mano una antorcha prendida.

      

 

    

 

 

    La jaqueca de Yannick, aquel golpeteo regular, abrumador y eterno, aumentaba con cada lento paso que daba camino a la herrería. Su mente, esa a la que había tratado de enseñar a no pensar, a no recordar, trabajaba ahora a destajo, mostrándole un millar de imágenes que no alcanzaba a comprender y que, no obstante, habían sucedido. Los niños. Los pobres niños. Colocados uno encima de otro como fardos, sus caritas y cuerpos, normalmente famélicos, hinchados por la putrefacción. Su madre, preñada de nueve meses, abierta en canal y ensangrentada, abrazada a una preciosa niña nonata a la que todavía permanecía unida por el cordón umbilical. El padre, su buen amigo, atado a una silla, marcadas sus muñecas por profundas heridas causadas al intentar zafarse de las ligaduras, mientras miraba, impotente, al depravado que acababa con su familia. Y Juliette. La enfurruñada Juliette con la que ayer mismo había hablado cuando los demás eran ya cadáveres, a la que aquel malnacido  había golpeado, forzado y tirado después al suelo como un desperdicio, queriendo despojarla así del  valor, del orgullo y del honor  que tuviera en vida.  

     -¡Bastardo!- se detuvo en el lateral del camino, se arqueó hacia delante, apoyó las manos sobre los muslos y vomitó, siendo bilis lo único que saliera por su boca. Escupió unos amargos espumarajos, limpió sus labios con el dorso de la mano y continuó la marcha hasta llegar a su morada, donde se dirigió al dormitorio, se quitó el calzado y se metió en el lecho sin desprenderse de los ropajes, ni del triste recuerdo de catorce muertes sin sentido.

 

 

 

 

     -Khalia, no puedo respirar- dijo Bastien agarrándose a una roca, encorvado y sin poder parar de toser-. Me ahogo.

     -Aguanta la respiración- la joven rasgó la parte inferior de su falda, e hizo de ella tres jirones, dos de los cuales empapara en agua de la tinaja-. ¡Toma! ¡Tápate nariz y boca!- dijo entregándole el pedazo de tela mojada y cubriéndose ella misma con la otra.

    -Si no salimos de aquí, moriremos asfixiados- jadeó con voz gutural el mercader a Khalia, que en cuclillas, manipulaba casi a ciegas el contenido de su hatillo, mientras el blanco y espeso humo los envolvía rápidamente.

     -Aguarda aquí- sin esperar respuesta, la muchacha salió corriendo de la gruta, bien cubiertos sus orificios respiratorios por el trapo, entrecerrados los ojos para que las cenizas y brasas que danzaban a su alrededor no los cegasen. Fuego. Miró en torno a ella, parpadeando ante la luz de las llamaradas. Foix ardía. Su casa. Su maravillosa casa, las de los vecinos, todas ennegrecidas y reduciéndose  a escombros ante su perpleja mirada. Qué más daba, era su sino. Otro hogar arrasado, otra nueva vida truncada. La lucha por la supervivencia continuaba. Resignada dio media vuelta, cogió un  grueso palo del suelo, lo envolvió con el jirón de falda previamente engrasado con el sebo que llevaba en el hatillo y lo prendió juntándolo a las llamas que surgían de su hogar, de lo que aún quedaba de su fachada. La improvisada antorcha ardió de inmediato y la belleza africana corrió hacia la estrecha abertura de la gruta, antes de que la pared de atrás de su vivienda se desplomara y la tapara.

     -¡Estamos atrapados!- Bastien corrió al lugar donde las piedras habían caído-. ¡Vamos a morir! ¡No hay salida!

     -¡Por aquí!- exclamó ella lanzándose a correr por las galerías serpenteantes que se extendían bajo la colina sobre la que se asentaba el castillo y él, sin dudarlo un solo instante, la siguió cargado con todas sus pertenencias.

     -¿Dónde estamos?- preguntó Bastien cuando llegaron a un espacio más abierto, como un hermoso salón del trono decorado con grandiosas estalactitas y estalagmitas amarillentas que brillaban bajo la luz de la antorcha-. ¿Qué es eso?- ambos se acercaron a una de las paredes.

    -Parecen los dibujos de un niño- dijo ella tocando la fría y resbaladiza piedra a la altura de aquellos infantiles trazos rojos, que simulaban la caza de un enorme bisonte por unos hombrecillos armados con lanzas.

lunes, 9 de diciembre de 2013


-48-

 

 

     Philippe de Lévisoine irrumpió en los aposentos de su vástago y cerró la puerta de golpe.

     -Joven Dashiell- colocó una mano en su hombro, cuando el custodio se disponía a abandonar la estancia para dejarlos hablar a solas-, no es necesario que os marchéis. Sé cuánto le gusta  vuestra  compañía a mi hijo- inclinó la cabeza y contempló con detenimiento sus nalgas redondeadas y firmes, cubiertas por las calzas.

     -¡Padre!- dijo Antoine con las mejillas enrojecidas, avergonzado ante la sola idea de que su mano derecha se percatara de la verdad que ocultaban las  insinuaciones de su progenitor.

     -No seas mojigato- el monarca se acercó a su heredero y le propinó un par de palmadas en el lateral del cuello-. Ahora que has conseguido el trono de Mauban, a nadie le importa dónde metas la polla.

     -Pero, ¡padre! ¡Os confundís!

     -¡Bah! Tonterías- hizo un aspaviento con la mano, quitando importancia al comentario, y se sentó en un sillón-. Por cierto. No sé qué mosca le habrá picado a tu madre- se rascó la entrepierna-. Desea partir de inmediato a nuestro reino, sin que los festejos hayan aún finalizado.

     -Puedo imaginar el motivo- el nuevo rey de Mauban se sentó frente a él-. Ayer noche, en plena disputa con Madeleine, madre se interpuso entre nosotros y le propiné tal bofetada, que sus costillas dieron con el suelo- dijo altivo ante la enorgullecida mirada de su padre, que aplaudió lentamente en tres ocasiones, con una sonrisa de oreja a oreja.

     -Por fin has comprendido cómo debe tratarse a las mujeres- haciendo un esfuerzo descomunal, el corpulento monarca se levantó del asiento, se aproximó a Antoine y apoyó las manos sobre sus hombros, cargando en ellos todo su peso-. Ellas son escoria, hijo mío, inmundicias que solo sirven para darnos descendencia y placer cuando nosotros lo exigimos y que, cuando ya no sirven, dejamos a un lado para  buscarnos a otra más joven, más hermosa, de tetas más grandes o  cuyo coño pueda albergar un cirio tan gigantesco, que encendido alumbre todo el salón del trono.

     -Alteza, ¿cómo podéis decir tantas palabras desafortunadas en una misma frase?- Interrumpió Dashiell con los puños apretados, horrorizado por aquellos irrespetuosos y zafios comentarios.

     -¡Ah!, lo lamento, es cierto- se disculpó con torcida sonrisa el rey de Lévisoine-. En el caso de hombres de gustos desviados como vosotros dos, descendencia sería lo único que esas perras podrían ofrecer- y diciendo esto, del mismo modo que había llegado, se fue.

     -Antoine, ¿qué os ocurre? ¿En qué os estáis convirtiendo? ¿Acaso ahora admiráis las malas formas y los maltratos de vuestro padre?

     -¿Habéis visto sus ojos, su orgullo en la mirada?-dijo el rey, aquel muchacho, arrebujado en el sillón.

     Dashiell lo había visto, sí, del mismo modo que contemplaba ahora su vidriosa y perdida mirada, su extraña y temblorosa sonrisa, como la de un niño que, por primera vez, descubre que es amado por su padre.

     -¿Orgullo, porque hayáis pegado a vuestra propia madre, a mi reina?- Dashiell se detuvo junto al sillón, sin quitar la vista de los ojos asustadizos de su monarca y amigo-. Eso no es algo que debiera proporcionar orgullo, sino lástima, porque demuestra vuestra debilidad y cobardía, la misma de la que vuestro padre siempre ha hecho gala- negó con la cabeza, apesadumbrado-. No os reconozco- le dio la espalda y, en pocos pasos, cruzó la estancia y abrió con ímpetu la puerta, bajo cuyo umbral se detuvo.

    -¿Dónde vais soldado?- el rey se levantó de un salto con rostro compungido, temeroso de perder su tesoro más preciado-. Aún no  he dicho que podáis retiraros.

     Dashiell se giró y lo miró fijamente a los ojos, azul contra azul.  

     -Voy a ocuparme de mi reina, para que pueda partir lo antes posible hacia Lévisoine.

     -Pero no, no puedes dejarme solo, yo…, yo no he dicho que puedas marchar- tartamudeó Antoine.

     -¿Acaso  me lo vais a impedir? ¿Me pegaréis como a vuestra esposa y a vuestra madre? O mejor aún, ¿llamaréis a mis soldados para que me retengan mientras me sodomizáis?-dio un paso hacia él y el rey retrocedió asustado-. Dudo que tuvierais el valor necesario para emprender cualquiera de esas acciones, con ayuda o sin ella- el caballero se giró en  redondo y salió al corredor sin mirar atrás, sin volverse para observar el rostro encendido de su señor, inmóvil en medio de sus aposentos, temblando de pies a cabeza por la rabia, odiándolo con todo su ser y amándolo sin poder evitarlo.

domingo, 1 de diciembre de 2013


-47-

 

 

     -¿Los cruzados?- Bastien se acercó a Khalia, que continuaba amontonando alimentos.

     -Sí, los mismos- la mujer alzó las cuatro puntas del pañuelo, las anudó y levantó la mirada para fijarla en la de Bastien-. Uno de nuestros soldados ha muerto en mis brazos- le mostró las manos y las mangas ensangrentadas- y, entre los estertores de la muerte,  tiempo ha tenido de narrarme cómo, mientras él y los suyos realizaban maniobras en un terreno quebrado, los enviados del Papa les  tendieron una emboscada. Y ahora se dirigen aquí, dispuestos a acabar con los cátaros.

     -Ni tú ni yo somos cátaros, ¿por qué huir?

     Khalia rio a carcajadas y después acarició el mentón barbudo del mercader.

     -Ellos no van a preguntar. Matarán a cualquiera que se cruce en su camino, en nombre de su Dios.

     -Pero, debemos avisar a los otros.

     -Ya es tarde- ella cogió un cántaro de agua bajo un brazo y lanzó el hatillo contra el pecho de Bastien-. O ellos, o nosotros- y salió corriendo de la morada sin mirar atrás.

     El maubanés la siguió sin dudarlo y vio que rodeaba la vivienda. De pronto, recordó el dinero que guardaba en su dormitorio, la fortuna que el obispo Godet le hubiera entregado y, sin desprenderse del hatillo, se giró en redondo, volvió a entrar en la casa, corrió escaleras arriba y entró en sus aposentos. Abrió el primer cajón de la apolillada cómoda y, al fondo, encontró la bolsa en la que se hallaba su pequeño  tesoro. La tomó y cuando se disponía a salir del cuarto, se acercó al lecho y, de debajo de la almohada, cogió el fragmento de libro que hasta aquel tramo del viaje lo hubiera conducido. Entonces bajó los escalones de tres en tres, trastabilló en el último de ellos y cayó al suelo estrepitosamente, pero el escándalo proveniente de las puertas de la muralla, los gritos, los relinchos, los choques de hierros, lo hicieron alzarse de inmediato y correr hasta la parte trasera de la posada, como si la vida le fuera en ello. Sin embargo, allí detrás no había ni rastro de Khalia, solo roca y más roca.

     -Khalia, mi vida- susurró sin atreverse a elevar la voz-. Khalia.

     Se quedó plantado allí mismo, con el hatillo, el libro y su fortuna colgando de sus manos, sin saber qué hacer, cuando de una hendidura camuflada en la colina de roca que sostenía el pequeño castillo de Foix,  apareció el moreno rostro de su amante.

         

 

      Los hombres del alguacil trabajaban afanosamente, rodeados por un corro de gentes de Passan que observaban su tarea en solemne silencio. A un lado de la puerta de la vivienda, Yannick los contemplaba sin estorbar, con los ojos llorosos, viendo cómo entraban de manos vacías y salían con uno de los cuerpos, cómo volvían  a entrar y a salir con otro más, a entrar y a salir, y así, una y otra vez, una y otra, hasta cargar por completo el carro de bueyes que  llevaría  los cadáveres hasta Mauban, donde se les realizaría  un examen exhaustivo con el fin de averiguar más sobre sus violentas muertes y acerca del autor de las mismas.

      El carruaje se puso en marcha y ninguna campana resonó para ahuyentar los demonios de aquella casa. Y sin embargo, no hacía falta, puesto que aquel que la hubiera morado, lejos se hallaba.

 

 

 

   La sombra renqueante del obispo Godet se movía con lentitud por el espeso bosque que se extendía desde la villa de Passan a la montaña Negra. Tosió. Llevaba andando toda la jornada y la humedad de aquella profunda arboleda, a la que la noche había llegado prematuramente y sin previo aviso, había atenazado su garganta como una zarpa de oso a su presa. Volvió a toser y echó un esputo verdoso sobre la hojarasca amarillenta. Entonces, tratando de recuperar el resuello, el viejo se apoyó en la corteza resinosa de un grueso árbol y se dejó caer sobre sus raíces, que salían a la superficie en forma de asiento. Allí recostado, sus ojos se fueron cerrando y quedó  profundamente dormido, hasta que un ruido a su lado lo despertara de manera repentina, encontrando de pie ante él dos figuras, dos hombres, sendos bandidos de barbas crecidas, rostros malvados y ropas raídas. Intentó levantarse de golpe, pero algo se lo impidió. Bajó la mirada hacia su pecho; una  soga rugosa unía su tronco al del árbol.

lunes, 25 de noviembre de 2013



-46-

 

 

     La mañana de las nupcias se convirtió en el momento idóneo para que un fugitivo escapara de las atestadas calles de la fortaleza sin levantar sospecha. Yannick se mezcló con las gentes que llegaban dispuestas a disfrutar de un día más de festejos y con las que salían de entre las murallas para llevar a cabo aquellos trabajos que no podían dejar de realizarse bajo ningún pretexto, aunque se tratara de un enlace real que hubiera cruzado fronteras. Cogió el herrero un olvidado saco del suelo, lo echó al hombro y caminó hacia Passan simulando ser un campesino, sin detenerse hasta arribar a su hogar.  Allí rodeó el edificio y, tal y como esperaba, encontró a su corcel pastando la alta hierba que recubría la parte trasera.

     -Buen chico- susurró, dándole unas palmadas cariñosas en el robusto cuello-. Encontraste el camino de vuelta. Y, por suerte, yo también- lo cogió de las riendas  y lo llevó  a la cuadra junto a sus otros equinos.

    Yannick entró entonces en la casa y se cambió de ropa, asqueado de sentirse maloliente y  empapado en sudor. Después encendió la chimenea y se calentó junto a sus vivaces llamas, mientras un caldo de hortalizas a punto de echarse a perder hervía en una perola. Sin embargo, aquel olor delicioso no lo reconfortó. Súbitamente recordó la promesa de visitar a la familia de Juliette y el malestar sinsentido del día anterior volvió a  atenazarlo con fuerza. Se puso en pie. Alcanzó un cuenco de la repisa combada situada sobre el hogar y se sirvió dos cazos de agua manchada, que aunque a nada le supo, consiguió, al menos, calentar su cuerpo destemplado y llenar su estómago. Salió posteriormente de su morada con el mayor aplomo posible, tratando de no perder aquella calma que en más de una ocasión lo había salvado en la batalla, cuando la templanza de la mano era harto más importante que el filo de la espada. Y llegó a la aldea; la casa de sus amigos cerrada, de nuevo, a cal y canto. “Habrán ido a los festejos”- murmuró una débil voz en su cerebro, pero él sabía que no, que no habían ido, que aquella sensación que lo corroía era por algo, algo que sabía, pero que aún no había llegado a comprender. Aporreó la puerta con todas sus fuerzas, se detuvo y escuchó, por si las pisadas de alguno de sus ocupantes le revelaran su presencia. Silencio absoluto. Volvió a golpear la puerta, con más decisión, apremiante, asustado ahora al recordar la voz de Juliette a través de la madera, su voz apagada, sus respuestas vacilantes… ¿Y si no estaba sola?- otra vez la voz susurrante. Intentó no creerla, desechar la absurda idea, mas, ¿y si era aquella la respuesta? Sí, eso era. La mancha que emborronaba su mente, el golpeteo asentado en su cerebro, que cada vez se hacía más claro, más seguro, más fuerte. Juliette no se hallaba sola mientras él nada hacía por entrar en la casa, mientras se giraba con tranquilidad hacia la suya, deseoso de que llegara la noche para que, junto a Madeleine, su sed carnal se calmase.

    Haciendo mella en él la culpabilidad, Yannick propinó una impetuosa patada contra la entrada y la puerta cayó a plomo sobre el suelo de madera irregular. El nauseabundo olor del interior lo golpeó y vomitó allí mismo, sobre sus pies. Limpió con la manga el caldo sin digerir que manchaba su barbilla y anduvo entre las penumbras de la silenciosa casa, otrora llena de risas infantiles, gritos y correteos. Vio un bulto contra la pared, una sombra difusa similar a un pelele. Se aproximó. Juliette; la flacucha niña que recientemente le hubiera proclamado su amor inocente, la muchachita con la que sus hijos habían jugado hasta que la enfermedad los hubiera arrancado de esta vida. Se arrodilló junto a ella y besó dulcemente su frente, pálida como la cera y fría,  al tiempo que, con delicadeza, cerraba sus ojos muertos llenos de pavor. Le bajó las faldas, tapando así su sexo magullado y sangriento, la cogió en brazos y la llevó al lecho común, donde la tumbó y tapó con un menudo saco de arpillera, del que únicamente sobresalían sus esqueléticos bracitos y piernas.
      Con lágrimas en los ojos, el herrero encendió un velón situado junto a la cama y se acercó al vano de la puerta abierta que llevaba el sótano y del que provenía la hediondez. Bajó lentamente los peldaños labrados en la tierra, por los que en tantas ocasiones habían descendido ambos hombres para emborracharse con las reservas de vino guardadas en la bodega. Casi en el último escalón, el aire se hizo espeso, irrespirable. Yannick dejó la vela en el suelo y, a pesar de la baja temperatura, se quitó el sayo  y tapó su boca con él, anudando las mangas de la prenda por detrás de la cabeza. De nuevo tomó el velón y, con el brazo extendido, dibujó media circunferencia para alumbrar cada rincón de la estancia. Y entonces los vio, a todos y cada uno de los hermanos menores de Juliette, a todos aquellos niños maravillosos, cuyos cuerpecitos macilentos se amontonaban ahora de cualquier manera en una de las húmedas y mohosas esquinas de la bodega, como pequeños sacos de trigo esperando el momento de ser transportados a su último destino.