domingo, 22 de septiembre de 2013




-39-

 

 

     Apoyados los codos en el alfeizar de la ventana de su dormitorio, disfrutaba Bastien, como buen mercader, del movimiento que llenaba las calles de Foix aquel decimocuarto día de octubre, encumbrado el cielo por un sol tan radiante que parecía brillar por las buenas nuevas llegadas desde su villa natal.

     Se giró en redondo al abrirse de golpe la puerta de la estancia y vio entrar a  Khalia, cabello suelto, negro, rizado y largo hasta la cintura, labios gruesos  tan rojos como la sangre, párpados tiznados allá donde echaban raíz las pestañas y más verdes que nunca sus profundos y salvajes ojos almendrados. Se abalanzó sobre él, que tuvo el tiempo justo para sujetarla por las nalgas antes de chocar con la pared, mientras se colocaba ella a horcajadas a la altura de su cintura con la agilidad propia de una pantera de Bahr Negash, lugar desde donde huyera a Al-Qãhira, como llamaba ella a El Cairo en su árabe natal, para partir de su importante puerto hasta costas francas en un barco mercante a cambio de dispensar favores sexuales al contramaestre de la embarcación, acabando finalmente en tierras lejanas al mar, convertida en la mujer del suertudo e imbécil de Hyppolitte.

      -Algún día tu marido nos sorprenderá- dijo acariciando sus suaves e interminables piernas caoba, para volver a las nalgas, cubiertas tan solo por la ligera falda.

    -¿Sorprendernos Hyppolitte?- Khalia se rio echando el cuerpo hacia atrás, completamente estirado su largo y  esbelto cuello, casi barriendo el suelo con la cabellera y apoyado su sexo rosado y jugoso sobre el abdomen desnudo de él.

     Bastien la sujetó contra el marco de la ventana abierta, sacó su miembro  y se la benefició sin preámbulo alguno, con la emoción de poder llegar a ser vistos por los vecinos de Foix que atestaban las rúas. En uno de los embistes, empujó Khalia uno de los floridos tiestos que adornaban la ventana y calló éste al suelo con gran estrépito, justo ante las narices de Hyppolitte, que  en aquel momento volvía del mercado. El hombre miró hacia arriba, hacia la ventana del peregrino.

    -¡Extranjero, tened cuidado¡ ¡Casi me abrís la cabeza de un tiestazo!

     Bastien asomó la mano haciendo un ademán y pidió disculpas a su casero con la voz entrecortada por la excitación de su miembro a punto de escupir.

     Hyppolitte entró con su zambo caminar en la vivienda, vivamente enojado con el torpe viajero por haber estropeado una de aquellas plantas que con tanto mimo cuidaba su bella y amante esposa.




domingo, 15 de septiembre de 2013





-38-

 

 

     -¡Soy Yannick!- gritó el herrero a pleno pulmón, aporreando con los nudillos la puerta de sus vecinos con una impaciencia que rara vez se adueñaba de él-. ¡Voy a entrar!- tiró del pomo sin que la puerta cediera-. Maldita sea- masculló el hombre mirando nervioso la vacía aldea, mientras su mente se divertía recomponiendo las imágenes de su regreso del campo de batalla años antes, el aciago día en que encontrara su casa cerrada a cal y canto desde dentro y a su esposa e hijos, sin vida, en el interior. Se acercó entonces a unos de los postigos cerrados y escudriñó entre las rendijas de las contraventanas, esperando ver los cadáveres descompuestos de sus amigos tirados ante él. En su lugar, vio una sombra-. ¿Juliette?- trató de reconocerla, pero los pequeños resquicios entre los listones de madera y la falta de luz lo imposibilitaban-. ¿Estáis bien?

     -Si- contestó la muchacha próxima al hueco de la ventana-. Estamos bien- hizo una larga pausa-.  Pero mis padres no están. Fueron temprano a la ciudadela.

     -¿Con todos tus hermanos y con tu madre a punto de parir?- fue respondido por un sí apenas audible-. Harto extraño me resulta que no me pidieran acompañarles y no haberlos  oído ni visto pasar en dirección a Mauban- dijo recordando la escandalera que aquella tropa de diez  infantes armaba allá donde iban.

     -Padre no querría molestarte sabiéndote tan ocupado desde que eres empleado de la casa real. Seguro que tomaron un atajo para no distraerte de tus labores.

     -¿Y a ti no te apeteció acompañarlos?

     -Me sentía… ¡Indispuesta!- acertó a decir ella, como si se le acabara de ocurrir.

     -Está bien- el herrero se giró en redondo no muy convencido-. Pero cuando llegue tu padre, no olvides decirle que he estado y que mañana vendré de nuevo para que hablemos.

     Yannick se alejó de la vivienda sin poder quitarse de encima aquella sensación de desazón que continuaba carcomiéndolo.

 

 

 

 

     Godet observó el paso seguro del herrero mientras se alejaba de la casa y dejaba la villa. Una vez perdido de vista se giró hacia Juliette, que acurrucada en el suelo, cerca del hogar,  lloraba desesperadamente mientras con las manos cubría su esquelético rostro.

     -Pequeña- el obispo Godet, cojeando, se acercó a la niña y se sentó a su lado rodeándola con el brazo, intentando ella zafarse de aquella garra que apresaba su huesudo hombro-, no llores- la miró con la compasión de un anciano cura-. Por las palabras que de vuestras bocas he escuchado, doy por hecho que es por él por quien tanto suspiras,  ese a quien te entregarías en cuerpo y alma. ¿Me equivoco?

     Azorada por aquel secreto confesado en un momento de debilidad y sintiendo el ardor enrojecido de sus mejillas, intentó Juliette ocultar su vergüenza agachando la cabeza, mas el obispo se la alzó hasta estar enfrentados sus ojos, sujetándole la mandíbula inferior entre el pulgar y el índice, llegando a  hacerla llorar de dolor.

     -Sí, es él- balbució la jovencita entrecortadamente, prefiriendo contestar a padecer su ira.

     -Pues hazme caso y no sufras por  un hombre fuerte y varonil como ese, al que dudo le guste una chiquilla flacucha como tú- soltó su rostro con desprecio y se levantó-. Será de los que prefieren a esas rameras de tetas grandes y culos grasientos que logran satisfacer cuantos vicios les son propuestos- escupió al suelo.

    -¡No! ¡Yannick no es de esos!- gritó Juliette indignada, recordando a la esbelta mujer con la que lo vio yacer en plena herrería.

     -¿Acaso te lo ha contado?- el párroco lanzó una risotada.

     -Lo vi- susurró ella apesadumbrada-. Uno o dos días antes de la muerte del rey.

     -¿Que lo viste?- Godet se acercó de nuevo a la muchacha, deseoso de conocer aquella interesante historia que seguro haría empalmar su verga, como las sucias confesiones de los feligreses lo hacían. Volvió a sentarse junto a ella y escuchó atentamente la narración, mientras una amplia sonrisa dichosa se adueñaba de sus mejillas secas y arrugadas.

domingo, 8 de septiembre de 2013



-37-

 

 

      Reflejada en el espejo del tocador, miraba embelesada Madeleine la sutileza y  habilidad con que una de sus doncellas le colocaba el tocado ceremonial de su difunta madre, cuando la puerta de sus aposentos se abriera violentamente, irrumpiendo en la estancia un hombre cetrino de sorprendente altura, barbas y greñas grasientas y voluminosa barriga, que portaba en su diestra una jarra de la que no paraban de derramarse, con cada uno de sus torpes e inclinados pasos,  hilillos de dorada cerveza.

     -Futuro suegro- la reina se giró de nuevo hacia su reflejo, sin disimular la desidia en su voz,  e hizo un gesto para que la doncella abandonara el dormitorio-. Debe ser importante lo que venís a decir, si no habéis dudado en molestarme instantes antes del primer acto de los esponsales entre vuestro hijo y mi persona.

     Léonard de Levisoine arrastró la pastosa lengua por su labio inferior, intentando construir una serie de palabras con significado.

     -Vengo a por lo que me corresponde- dijo al fin, alzando la jarra y tirando al suelo la mitad de su contenido.

     Madeleine se carcajeó y se levantó del taburete.

     -Así que mis espías no mentían. Poseéis a cuantas mujeres habitan en Levisoine- se aproximó al gigante y el olor a sudor que desprendía la hizo retroceder con el dorso de la mano cubriendo su nariz-. ¡Por Dios, apestáis! ¡Desdichadas las muchachas por vos desvirgadas!

     El monarca, tambaleante, llegó hasta el tocador y, con un golpe seco, dejó el recipiente de plata sobre la superficie, encarándose a su futura nuera.

     -¡Soy rey y varón y, como tal, es mi derecho desde que nací!- las resbalosas palabras finalizaron con un eructo pestilente. Dejó la jarra y sacó la verga por la parte superior de las calzas-. No perdamos tiempo. Levantaos las faldas, abríos de piernas y en breve habremos terminado.

     -No solo estáis borracho, sino que además deliráis. Envainad vuestra arma y comportaos como un buen invitado, para que así mismo, pueda ser yo buena anfitriona. Estáis en mi casa, en mi reino y aquí se cumplen mis leyes.

     -Pero no podéis impedirme conocer a quien se convertirá en esposa de mi hijo y madre de mis nietos. ¡Debo comprobar vuestra valía!- el hombre se aproximó a Madeleine con el miembro cimbreante, limpiándose los espumarajos que manchaban su negra barba.

     -Acercaos solo un paso más y os dejaré la polla tan maltrecha que no volveréis a conocer mujer alguna el resto de vuestra penosa vida.  Tened por seguro que si  quisiera que me poseyerais nadie me lo impediría, ni siquiera vuestro hijo- a pesar del hediondo aliento del hombre, la reina le hizo frente-.  Pero jamás me acostaría con alguien que huele peor que un cerdo.

     Léonard de Levisoine frunció el ceño, uniéndose ambas cejas en una sola y súbitamente comenzó a reír estruendosamente, al tiempo que propinaba dos manotazos sobre la espalda de la muchacha.

     -Tenéis más pelotas que muchos hombres con los que haya luchado- se olió los sobacos-. ¡Madre de Dios, teníais  razón! ¡Apesto! No me extraña que a mi reina le importe poco con quien me acueste mientras no  yazca junto a ella- y salió de la estancia sin parar de carcajearse.

domingo, 1 de septiembre de 2013

36


-36-

 

 

     Las calles de la fortaleza se habían llenado del bullicio y la alegría precedentes a cualquier enlace real que se preciase en aquellos tiempos. Maubanenses de toda la región habían llenado posadas, colmado albergues para peregrinos y ocupado cualquier alojamiento que pudiera utilizarse durante los tres días que duraran los esponsales entre la reina Madeleine de Mauban y el príncipe Antoine de Levisoine.

     Donatien miraba en todas direcciones con los ilusionados y atentos ojos de un niño, extasiado por todo aquel movimiento de sus vecinos corriendo de un lado a otro, dando los últimos retoques a aquellas rúas por las que aquella misma mañana, víspera del idus de octubre, pasaría la comitiva real encabezada por los prometidos. Se detuvo en una de las callejas laterales y observó que, al igual que en el resto de la villa, también las ventanas de aquellas viviendas se habían adornado con decenas de elaboradas guirnaldas de flores silvestres recién cortadas, que coloreaban aquel mundo casi siempre gris. El mozo echó una rápida mirada a su alrededor, corrió hacia un bajo balcón y, encaramándose a la balaustrada,  cogió un hermoso bouquet metido en agua que pronto alguien echaría en falta. Huyó sin esconderlo  y salió de la fortaleza esquivando a la multitud que no dejaba de llenar la plaza, colocándose donde ordenaban los soldados. Subió la pequeña colina lindante al este con los muros defensivos de piedra y vio las obras paradas de lo que a la larga sería la nueva iglesia de Mauban, la que se llamaría Sainte Marie des Innocentes, tras la desaparición del obispo Godet  y con el convento reducido a una montaña de escombros y cenizas.

      -Sainte Marie, mère de Dieu, sanctifié soit ton nom…- comenzó a rezar el muchacho frente a una de las lápidas más recientes, se santiguó, se arrodilló en la hierba fresca  y  colocó las  flores sobre la tumba-. J’espère qu’elles te plaisent.

     -Seguro que a Marie le habrían complacido- dijo Dashiell desde un promontorio de piedra del que bajó de un salto sacudiéndose, acto seguido, la parte trasera de sus engalanadas vestimentas, para posteriormente acoger en el pecho al mozuelo cuando éste se le abalanzara propinándole un fortísimo abrazo-. Vaya Natien, cada día estás más fuerte… y más ágil- añadió mirando por encima de su hombro el bello ramo de flores que descansaba sobre la tumba-. ¿A quién se  lo has robado?

     El hijo del carpintero agachó la cabeza y sus orejas  enrojecieron por pura vergüenza.

     -Tranquilo, no voy a delatarte- le revolvió los cabellos-.  En la fortaleza hay hoy muchas flores, demasiadas, y estas habrían hecho feliz a Marie- el custodio le propinó un poderoso manotazo en la parte baja del cuello, y tosió para disimular  el quiebre de su voz  tras pronunciar aquel nombre-. Vamos, los festejos no tardaran en comenzar-  y ambos caminaron  hacia el portón cuando el primer aviso de cornetas se expandía aún por el aire.

 

 

 

 

     Yannick se  despojó  del sucio delantal  y utilizó el viejo balde de madera medio podrida de la herrería para quitarse la mugre de cara y manos. Apagó la fragua y escuchó los primeros acordes de las cornetas entre el siseo del suave viento. Estaba preocupado, carcomidas las entrañas por una angustia exacerbada que le impedía pensar con claridad. Pero aunque al principio lo creyera, no era por Madeleine, no. Ni tampoco por su inminente y asumido matrimonio. El motivo de la desagradable sensación de desazón que ungía sus tripas era Juliette, a la que no había vuelto a ver desde aquella tarde de seis días antes.

 

 

 

    

     -¡Caballero!- Annette corrió hasta él con las ensordecedoras notas de las segundas cornetas acompañándola- ¿Dónde os hallabais? El desfile está a punto de comenzar y pensaba que mi pareja no aparecería- lo sujetó por el codo y ambos avanzaron entre el gentío.

     -Siento la tardanza, pero…- dijo el joven custodio aminorando el paso, haciendo que la doncella se girara para observarlo de frente-…tuve que detenerme en numerosas ocasiones a satisfacer a las mujeres que se abalanzaban excitadas sobre mí.

     El serio semblante del soldado la hizo sonreir.

     -A pesar de los últimos sucesos, me alegra constatar que seguís siendo un bufón.
















SEGUNDA PARTE

 

Las Nupcias

domingo, 25 de agosto de 2013


-35-

 

 

      Salió Antoine de sus aposentos, elegantemente vestido pero con el ligero cojear que los doloridos testículos le provocaban, y tomó  el largo pasillo que comunicaba sus  dependencias con las de  Madeleine.

      -¿Dónde vais, mi señor?- preguntó, poniéndose firme y con la espada en ristre, el custodio que vigilaba la puerta del dormitorio de la princesa.

     -¡Quitad de en medio!- dijo Antoine apartándolo con su gran mano y entrando en la estancia.    

     -¿Quién os ha permitido entrar de manera tan violenta en mis aposentos?- le preguntó Madeleine con voz neutra, mirándolo de soslayo desde el interior de una bañera de agua perfumada.

     -Quiero hablar con vos- Antoine detuvo el paso a mitad del amplio dormitorio, disfrutando de la sensualidad con la que aquella belleza pasaba un paño enjabonado por sus esbeltos brazos.

     -Acercaos pues y traedme esa toalla.

     Madeleine salió de la bañera mostrándole su cuerpo mojado, brillante como una perla bajo la tenue y amarillenta luz de las velas, y él la envolvió con el suave tejido.

     -Anoche no me hicisteis llamar, ni la noche anterior tampoco- el príncipe la cogió por los hombros desnudos colocándola frente a él-. Siento que me evitáis y dado que en no más de una semana vamos a ser unidos en matrimonio, creo que es momento de que volvamos a yacer juntos y dejéis de enviarme doncellas que me satisfagan por vos.

     -Amado, me alegra escuchar esas palabras de vuestra boca  y anhelo tanto o más que vos el roce de vuestro cuerpo contra el mío- la princesa dejó caer al suelo la única prenda que la tapaba y rodeando el cuello de Antoine, lo besó ardientemente hasta dejarlo sin resuello-. Ahora, que sea vuestro miembro quien demuestre la hombría.

domingo, 18 de agosto de 2013




-34-

      

 

     Frente a los muros del castillo, los mercaderes colocaban sus puestos en la plaza principal y en las callejas adyacentes, tratando de mantener sus productos alejados de la insistente lluvia otoñal que auguraba buenas cosechas futuras. Varias clientas, las más madrugadoras, con sus grandes cestas de mimbre colgadas por el asa de la articulación del codo, comprobaban la calidad de las mercancías situadas ya sobre los diferentes mostradores y regateaban los precios, muy por lo bajo, con los comerciantes, sabiendo  estos que si no daban su brazo a torcer, sería el dueño del puesto lindante quien realizaría la venta. Y  como no estaba la vida como para rechazar monedas, ni perder clientela, aunque a veces las ganancias no fueran cuantiosas, los tratos cerrados, tratos eran.

     -Donatien, apuntala bien ese madero- le pidió su padre,  de puntillas para colocar el tendal de cuero sobre su puesto de carpintería.

     Mas su hijo no escuchó ni apuntaló. Tenía la mirada fija en Annette, la doncella de la princesa, que con el pelo suelto y mojado, arremangadas las sayas, descubierta la parte inferior de sus calzas y salpicándose  en cada charco formado en la plaza,  corría en dirección a la entrada de la fortaleza como alma que persiguiera el diablo, gritando el nombre del caballero rubio que hubiera partido al atardecer en busca de Marie.

 

 

 

 

     -¡Dashiell!- exclamó Annette por enésima vez, frenando su carrera al llegar a la turba que rodeaba al caballero-. ¡Paso, en nombre de la princesa!- gritó a pleno pulmón para que la muchedumbre la escuchara y le abriera un pasillo, como así hiciera-. Dashiell- susurró cayendo de rodillas ante el soldado, arrodillado a su vez,  embarrado, con la mirada perdida, abrazando el frágil cuerpo de Marie contra su pecho, los brazos de ella rígidos por la muerte.

     -Lo lamento, caballero- la doncella apoyó su cálida mano sobre la de él, temblorosa por el frío, y pudo sentir en sus entrañas que aquel hombre que hubiera conocido, para siempre había dejado de existir.

     El custodio la miró entonces con aire extrañado, los ojos enrojecidos y con profundas ojeras púrpuras, igual que si acabara de despertar de un sueño letárgico y desconociera dónde se encontraba. Lentamente giró de nuevo la cabeza hacia su amada, aquella que ya nunca despertaría, y tumbó su cuerpo inerte sobre el suelo empedrado acariciando aquel precioso rostro con una delicadeza insólita para un hombre de guerra.

     -Cuidadla por mí- dijo sin apartar la mirada de Marie y con una voz apenas audible-. Debo ocuparme de algunos menesteres- el joven se puso en pie con torpeza a causa del entumecimiento de sus miembros inferiores.

     -Descuidad, no me apartaré de su lado- afirmó ella y Dashiell asintió con el semblante triste-. Acabaréis con él, ¿verdad?- preguntó refiriéndose a Godet-. Yo misma lo haría si tuviera la oportunidad.

     -Lo traeré para que la reina lo juzgue por su crimen- fue su escueta respuesta.

      Y acompañado por varios de sus hombres de confianza, dejo la fortaleza para volver al convento.

 

   

    

 

     -Pobre muchacha- dijo una  de las correveidile de las que tanto abundaban en Mauban mientras Donatien intentaba, a codazos, internarse por el pasillo multitudinario que se había cerrado tras Annette.    

     -Pobre- repetían, con voz cansina, otras mujeres a coro.

     -Habrá sido una bestia- conjeturó la primera de manera dramática.

     -Una bestia- afirmaron las otras mirándola con aprobación.

    -¿Una bestia? ¡Por Dios, qué desgracia!- exclamó  estridentemente una joven madre apretando a su acobardada hija contra sus faldas.

     -Sí, qué desgracia- de nuevo el coro de voces desapasionadas.

     -Una enorme bestia que habita en el bosque y se alimenta de carne humana- continuó la que se hubiera autoproclamado portavoz.

     -¡Callad de una vez, gallinas cluecas! ¿No veis que asustáis a la chiquilla?- gritó un vinatero de edad madura señalando a la pequeña escondida en los pliegues de la gruesa falda de su madre-. ¡Y tú, la que tanto parlotea! No lleves a engaños a los presentes con seres místicos y extraños, pues la bestia de la que hablas y que ha acabado con esa joven vida, tiene dos piernas y pelos en el culo, como tú o como yo.

     Aquellas palabras no acallaron a las chismosas, sino que originaron un gran revuelo entre el gentío, asustado repentinamente ante la noticia de un asesino en el bosque vecino.  El hijo del carpintero aprovechó la confusión y el movimiento para avanzar y llegar, al fin,  junto a Annette, mujer de carácter sieso y desabrido que permanecía ahora, arrodillada en el mojado suelo, cabizbaja, húmedos los ojos, velando el cadáver de Marie, cuya palidez del lado izquierdo del rostro difería enormemente del matiz rojizo-morado del derecho, como si la hubieran molido a palos. Donatien se acercó a ellas y tragó ruidosamente la bola de baba que se le había formado en la garganta, mientras sus lágrimas, vertidas en silencio, se mezclaban, en sus no muy limpias mejillas, con las gotas de lluvia. La doncella de la princesa tendió su mano y agarró la suya para que se arrodillara a su lado. Rodeó sus hombros de niño, más niño ahora que nunca, reconfortándolo,  y, sin impedimentos,  ladeó él su cabeza apoyándola en el de Annette, sintiendo sus rubios y largos cabellos cosquilleando su nariz.