domingo, 21 de abril de 2013





-20-

 

 

    Las primeras luces del alba marcaron, como cada día, el inicio de la jornada de Yannick. Se estiró cuan largo y ancho era sobre su lecho, con los ojos cerrados, recordando a su familia perdida, aquellas maravillosas mañanas en las que su hermosa esposa abría los postigos, para que los primeros rayos de sol  lo despertaran al acariciar su rostro, cuando sus preciosos hijos se tiraban sobre él con sus pequeños cuerpos, suplicándole que los llevara de caza por el bosque con sus armas de madera. Abrió los ojos, húmedos por las lágrimas que llevaba tiempo reteniendo para que no se vertieran de nuevo, para que no abriera la profunda herida de su castigado corazón, y se levantó raudo, intentando dejar la mente en blanco para no sufrir, para poder continuar un día más aquella andadura en solitario.  Se vistió con las ropas de trabajo, comió un escaso mendrugo de pan que casi le hiciera perder un par de dientes y comenzó su labor bajo el calor infernal que desprendía la fragua e inundaba el taller.

     Llevaba al menos media mañana trabajando, cuando escuchara, entre sus fuertes martilleos, el rumor de caballos acercándose por la calzada. Pudiendo tratarse de la banda de forajidos que atemorizaban a las gentes de aquellos lares los últimos tiempos, el hombre limpió sus manos en el delantal de cuero y, con calma, se armó de una ligera espada, saliendo a la intemperie y colocándose en mitad del camino, para esperar a los intrusos.

     Entonces los vio aparecer. Cuatro caballos emergiendo  entre la polvareda levantada por sus cascos y, sobre ellos, no más que tres figuras. Ante él, dos soldados y una hermosa joven de buena apariencia se detuvieron y desmontaron de sus cabalgaduras.

     -¡Guardad esa espada, herrero!- profirió uno de los caballeros desenvainando la suya.

     -¿Vienes a mi casa a darme órdenes y me amenazas con ese hierro oxidado?- Yannick se giró en redondo dándoles la espalda-. Marcha entonces por donde has venido y contigo tus amigos. Ninguno sois bienvenido.

     Annette colocó una mano sobre el antebrazo del soldado, dispuesto éste a seguir al altanero villano que osaba desobedecer  sus directrices.

     -Dejadme a solas con él- pidió la doncella y camino sobre los pasos de aquel, haciendo caso omiso de la discrepancia del custodio.

     -¿Dónde has encontrado mi caballo, mujer?- preguntó el herrero sin mirarla, atento a la armadura que se disponía a reparar.

     -Si tanto os preocupa, os diré que bajo las piernas de Mi señora.

     -¿Señora? Desconocía el poder adquisitivo de las prostitutas, desorbitado si pueden rodearse de servidumbre. Lástima no haber nacido mujer- cogió la pechera con unas grandes tenazas y la colocó sobre la fragua para templar el metal que no tardó en volverse de un rojo anaranjado.

     -Deberíais ser más comedido con lo que decís- Annette sonrió-. Si los soldados nos acompañaran mientras conversamos, vuestra cabeza se habría separado del resto del cuerpo de un solo golpe de espada por hablar así de nuestra princesa.

     -¿Así la llamáis?- continuó con su tarea- ¡Vaya! Creo que lleváis demasiado lejos las fantasías de los hombres.

     -O quizá vuestra fantasía se haya hecho realidad, puesto que la mujer junto a la que ayer yacierais no era una vulgar ramera, sino la mismísima princesa Madeleine, futura reina de Mauban.

     Yannick se giró sin decir palabra, dejó los utensilios sobre la mesa de trabajo y se situó frente a la doncella, tan cerca, que sus ropajes se tocaron.

     -¿Acaso me ves cara de necio? La princesa Madeleine- rio sin ganas-, follándose a un vulgar y sucio herrero que no tiene dónde caer muerto.

     Annette miró a aquel hombre de ojos salvajes, morena tez y cabellos tan negros como el carbón que utilizaba para avivar su fragua. Le sacaba más de una cabeza y un cuerpo de ancho y comprendió perfectamente el deseo que sus músculos, aquella fuerza inmensa que surgía de su interior y su lenguaje soez habían provocado en su amada, puesto que nada tenía que ver con los nobles de alta alcurnia a los que estaba acostumbrada.

     -No os considero necio, acaso algo vulgar. Sin embargo, si deseáis comprender el motivo del impuro y bizarro acto de Mi señora, no tenéis más que preguntárselo a ella en una audiencia privada que se os concederá con gusto en el salón del trono… o en sus dependencias si así lo preferís- la muchacha se apartó del sudoroso y atónito hombre y recorrió el taller mientras continuaba hablando-. Por mi parte, he de aclararos que mi visita de hoy no trataba de sacaros los colores hablando de vuestros escarceos amorosos, sino de concederos, en nombre de nuestra heredera al trono, el honor de convertiros en herrero real.

     -Me halaga, pero no puedo aceptarlo. Ese puesto  ya tiene dueño en Mauban.

     -Ya no- unos lejanos tañidos interrumpieron a la doncella- ¡Oh, no! ¡Algo malo debe haberle ocurrido al rey!- Annette se arremangó las sayas y corrió al exterior, donde uno de los soldados la ayudó a montar a lomos de su caballo.

     Los tres jinetes desaparecieron al galope en dirección a la fortaleza. Yannick se acercó a su corcel, lo agarró de las riendas y lo metió en el establo junto al resto de sus animales.  Cuando se disponía a desensillarlo, una carta lacrada cayó al suelo. Llevaba el sello real de Mauban.

 

 

 

     Dashiell escuchaba absorto aquel retronar de campanadas que llenaba cada uno de los rincones del corredor. Varios caballeros de la guardia real de Levisoine se unieron a él ante los aposentos de su señor, quien permanecía en el interior junto al obispo Godet.

     -¿¡Alguno sabe qué ha ocurrido!?- preguntó la mano derecha del príncipe Antoine elevando el tono de voz para hacerse escuchar.

     -¡Los guardias de la fortaleza hablaban de la posible muerte del monarca!- comentó uno de los soldados con la respiración agitada.

     -¡Buenas noticias para nuestro príncipe entonces!- dijo otro de los custodios, un joven imberbe.

     Dashiell le golpeó en la nuca con la mano abierta y lo agarró del lóbulo de la oreja atrayéndolo hacia sí.

     -Calla esa bocaza, estúpido - susurró posándole los labios  sobre el pabellón auricular para que el muchacho no perdiera detalle de sus palabras-. Las paredes oyen. Debería cortarte la lengua antes de que nos metas en un buen lío, ya que no eres capaz de pensar antes de hablar- lo soltó con desprecio, al tiempo que el inexperto soldado frotaba su roja oreja y lo miraba iracundo por haberlo ridiculizado ante sus colegas de armas, provocando las estruendosas risas de éstos.

     En ese instante todos y cada uno de ellos se giraron hacia la puerta de la estancia del príncipe, de donde el viejo obispo salió sonriente, sin dignarse a mirar al reducido grupo de soldados que lo observaban expectantes.

     Dashiell entró en el dormitorio de su señor y lo vio sentado en  uno de los poyos del ventanal, con aspecto cansado y la mirada fija en el suelo.

     -¿Es cierto? ¿El rey Louis-Philippe ha muerto?

     -Así es, mi fiel Dashiell- hizo una pausa que aprovechó para erguirse-. Ayudadme con el atuendo. Debo acompañar a mi amada Madeleine en estos duros momentos.

domingo, 14 de abril de 2013




-19-

 

 

     Godet llegó a los aposentos del príncipe con su pausado caminar y se detuvo frente al custodio rubio que los guardaba. Observó su palidez de tierras del norte acrecentada por la luz de las antorchas, su gran cuerpo, sus penetrantes ojos azulados que lo miraban fríos y amenazantes y lo reconoció. Estaba seguro. Era aquel hombre a quien dos días antes viera acompañando a Marie al convento. La rabia lo invadió, plasmándose en su rostro como una máscara negra de odio.

     -¡Anunciad mi presencia al príncipe!- dijo el prelado con la voz temblorosa por la ira, golpeando con su báculo en el suelo pedregoso.

     El soldado no habló, ni siquiera hizo gesto o reverencia. Abrió la puerta y lo dejó pasar, manteniendo sobre su rostro aquella tensa mirada.

     -La buena guardia parece escasear- el obispo entró en la estancia repicando su bastón con ímpetu-.  Vuestro centinela ni siquiera os ha comunicado mi presencia.

     -La actitud de mis soldados es intachable, cumplen órdenes de dejaros entrar sin previo aviso.

     -Os agradezco el honor, alteza- hizo una leve reverencia y decidió que era momento de callar sobre el asunto si no quería perder la buena relación que comenzaba a amasar con el  joven-.  Mi señor- volvió a retomar la conversación situándose a su lado junto al ventanal-. Hoy más que nunca debéis sentiros dichoso. El destino os ha sido favorable- Antoine, que miraba atento las atestadas calles de la fortaleza, se giró hacia el religioso y lo miró con interés.

     -¿Acaso la fortuna no me había sonreído suficiente concediéndome la mano de Madeleine? Dudo que sea posible mayor gracia para el príncipe de un reino en apuros.

     -Poco habría durado dicha gracia si a oídos de la princesa hubiesen llegado ciertos… ¿Cómo decirlo?… deseos del rey.

     -¿De qué deseos habláis?

     - Louis-Philippe había tomado la decisión de retrasar indefinidamente el matrimonio entre vos y la princesa. Sabía de las dudas de ella y creía haberse confundido al obligarla a contraer nupcias de manera tan súbita, pudiendo reinar en solitario con toda libertad según los decretos de nuestro reino.

     -¿Debo agradeceros que le hayáis hecho cambiar de opinión?- Antoine de Levisoine escrutó aquel rostro avinagrado surcado de arrugas y manchas, intentando adivinar lo que ocultaba.

     -Más que eso- respondió Godet secamente con una sonrisa de medio lado e instantáneamente dulcificó su voz como si en plena confesión se hallara-. Lamento ser yo quien os comunique el fallecimiento de nuestro monarca. Dios se lo llevó a su seno- hizo una pausa-.  Muy oportunamente para vuestros propósitos y los míos, debo decir.

    -¿Cómo? Vos…

     Antoine no finalizó la frase. Los ojos negros y sin vida del prelado admitían, entre llamaradas de fuego, que habían sido sus manos las utilizadas por el Señor para llevar a cabo tal sacrificio.                                        

     Desde la torre más alta de la fortaleza, las campanas anunciantes de la muerte del monarca hicieron que el príncipe sintiera un repentino escalofrío desde la rabadilla al cogote. A partir de aquel instante, la alianza con aquel dudoso cristiano se había firmado con sangre.

 

 

 

 

   Bastien tiró hacia él de las riendas de su caballo y éste frenó inmediatamente, con un relincho de disconformidad. El espeso bosque se cernía sobre ellos desde hacía tiempo y, sin rastro alguno de civilización, temía haberse perdido por aquellos senderos apenas pisados por el hombre y repletos de encrucijadas. Sin embargo, buscó algún espacio entre las ramas por el que poder ver lo que le hubiera parecido un edificio en la lejanía. A punto de perder las esperanzas de que fuera algo real y no únicamente la imaginación de alguien agotado y entumecido,  su mirada volvió a toparse con una mole blanca sobre una colina; por fin el castillo del condado de Foix. Con alivio y una amplia sonrisa acarició las crines de su corcel, dándole un golpe seco con los talones para acelerar su marcha. Pronto atardecería y la niebla reptaba ya sobre la cima de los montes que rodeaban el valle, convirtiéndose en manto de lobos y alimañas que no tardarían en salir a cazar presas fáciles como ellos.

 

domingo, 7 de abril de 2013


 
 
 
 -18- 

       El obispo Godet se apresuró por presentarse ante el rey, quien lo había citado con urgencia en sus aposentos. Éstos eran magníficos, con dos ventanales por los cuales la luz penetraba a raudales, tapizadas todas sus paredes para espantar el frío y con un gran lecho con dosel del que colgaban cortinajes de gruesa tela grana en el centro de la estancia.

     -Acercaos, viejo amigo- la rasposa voz del monarca salió del interior de la cama.

     El prelado se acercó con su perpetua cojera y el amortiguado golpeo del báculo sobre la alfombra. Retiró la cortina suavemente y el rostro avejentado y ajado del rey Louis- Philippe lo recibió con una forzada sonrisa, que más parecía una mueca de dolor.

     -Aquí me tenéis, tal y como pedisteis- Godet  agachó la cabeza servil.

     -Gracias por acudir tan presto. Debo apresurarme a narraros mis pensamientos antes de que mi memoria me juegue una de sus malas pasadas.

     -Decid pues lo que tanto os urge contarme.

     -Aquí, en la soledad de mis aposentos, me ha sobrado tiempo para pensar en el reinado de mi preciosa hija y creo que he cometido un lamentablemente error al hacerla desposarse con tanta premura, sin darle opción a conocer al príncipe Antoine. Sé que lo ha elegido por mí, por tratarse de mi favorito, y porque dudo que los demás pretendientes fueran dignos de ella o de nuestro glorioso reino. Madeleine es muy capaz, inteligente, valiente como no he conocido varón y de sobra sé, que no necesita  hombre a su lado que la ayude a reinar. Solo a vos, mi amigo, mi hermano,  os he comunicado estos pensamientos y deseo de buen grado que estéis a mi lado, como mi buena mano derecha, cuando esta misma tarde dicte la posposición del matrimonio.  Del mismo modo, antes de que finalice el día abdicaré el reino en mi hija y será de este modo la nueva reina de Mauban. La reina Madeleine.

     -Majestad, ¿estáis seguro de lo que decís? ¿No es la enfermedad la que habla por vuestra boca?

    -¿Cómo osáis? ¡Mi mente es más lúcida ahora de lo que lo ha sido en mucho tiempo!

    -Dejad que lo dude. Vuestra hija no está preparada para gobernar un reino como Mauban sin un gran hombre como el príncipe Antoine a su lado. No olvidéis que no es más que una mujer, una criatura débil desde la creación de Dios, nuestro Señor.

     -¡Conocéis tan bien a Madeleine como yo mismo, desde que naciera y la colocaran en vuestros brazos, y de sobra sabéis de su valía! Si hubiera nacido hombre, no sería mejor ni más valioso de lo que ya es.

     -No dejaré que le cedáis el trono sin que se una en matrimonio- la voz del prelado surgió relajada de entre sus labios, pero sus ojos negros y sin vida, refulgían como dos llamaradas.

     -¿Qué no me dejaréis?- el rey intentó incorporarse en la cama, empujándole el obispo de un manotazo en el pecho y dejándolo, de nuevo, tumbado-. ¿Qué hacéis?- comenzó a toser por el esfuerzo.

     -Estáis muy enfermo y no discurrís con claridad. Yo pensaré por vos y cuidaré a vuestra hija como merece- sus ojos brillaron maliciosos-. A partir de este momento, no deberéis preocuparos por nada, viejo amigo- Godet cogió una de las almohadas y con una calma pasmosa, la llevó hasta la cara del rey y la apretó contra su rostro mientras, sin éxito, éste trataba de agarrarlo por las muñecas para impedir el ahogo. Sin embargo, su debilidad y la falta de aire en los pulmones, no tardaron en llevarlo a una muerte lenta y agónica poco digna de un buen rey.

     El prelado volvió a colocar la almohada junto a la cabeza del fallecido, se levantó, alisó su sotana y ayudado por el bastón salió de la estancia para dar aviso de la desgraciada y repentina muerte de su amado monarca.

 

 

 

       El arrullo del viento entre los árboles trajo a su memoria al joven, terso, pálido y bello  caballero. Sonrió al recordar el hercúleo esfuerzo realizado al arrastrarlo hasta la cama, ebrio como estaba, y desnudarlo, y la posterior admiración de su perfecto cuerpo antes de arroparlo. Sentada a la orilla del lecho había acariciado una de sus mejillas sonrosadas por el alcohol, su fuerte y anguloso mentón de herencia bárbara, su ancho cuello, el centro de su pecho dónde, con la palma abierta, se había detenido para sentir los latidos de su letárgico y acompasado corazón, antagónicos al frenético palpitar del suyo, alocado con solo hallarse junto a él, un mortal, un hombre.

     A pesar del frescor que inundaba el bosque, Marie sintió calor en su rostro, el mismo que notara la noche anterior cuando expulsando todo el aire de sus pulmones, bajara la mano hasta el ombligo de Dashiell para dibujar, con la yema de su índice, la  fina línea de pelo rubio que descendía hasta su miembro. Había mirado largo rato su sexo con curiosidad, con impuro deseo, sintiendo ganas de acariciárselo, tocárselo, besárselo sin parar, pero en aquel momento él se había movido en medio de su sueño etílico y, avergonzada y presurosa, lo había cubierto con la ropa de cama marchándose sin volverse a mirarlo, a sabiendas de que si se giraba, no podría evitar yacer junto a él para no separarse jamás de su lado. Así que corrió, corrió y no se detuvo hasta llegar a su dormitorio, frío y oscuro, aunque aquella noche ni el frío ni la oscuridad la perturbaron, ni siquiera el sempiterno recuerdo del monstruo ladrón de su infancia, que Dashiell había borrado de su horizonte como la bruma en un día soleado. Desnuda y acostada en la cama, había palpado la humedad de su entrepierna y, por primera vez en su vida, se había acariciado, sin recordar pecados ni castigos divinos, rechazando la imagen de la bestia que la hubiera forzado desde niña. Entre varios gemidos ahogados y el leve pronunciar del nombre de su amado, su cuerpo, al fin, se había estremecido de placer.

     La muchacha tuvo que envolverse con la capa, al colarse entre el follaje de los árboles una ráfaga de aire empolvada que se enredó en sus cabellos. Marchaba ligera hacia el convento, pisando el barro seco acumulado en el lateral del camino, cuando sintió la imperiosa necesidad de detenerse unos instantes a coger el aire que parecía no llegar a sus pulmones, más por nerviosismo que por cansancio. Así que se sentó con la espalda apoyada en un grueso y resinoso tronco, el corazón palpitante, las sienes en un retumbar constante, como un tambor anunciando una guerra cruel, imaginando el momento en el que su mirada y la del obispo se cruzaran, ella sentada, él subido al púlpito, con aquellos dos nidos de serpientes que tenía por ojos posados en ella, amenazantes, acusadores, culpándola por no haber asistido al oficio del martes, recriminándola, a pesar de los años pasados, por haberse convertido en mujer.

     La cocinera se levantó y sacudió el polvo de las faldas, tomando la decisión de desandar el camino y regresar a la fortaleza, evitando así el encuentro con el obispo. Mas, en ese momento, una carreta tirada por un buey se detuvo junto a ella y la amable familia de parroquianos que sobre el vehículo viajaba, se ofreció a llevarla hasta el convento. Agradecida y sin poder negarse, subió a la parte trasera del carro, junto a los cuatro pequeños del matrimonio, intentando disimular su agitación por ir derecha a la boca del lobo.

        Una vez llegaron a la casa del Señor, Marie bajó de la carreta y entró al atestado convento. Allí se dirigió hasta la zona delantera, donde espera encontrar algún asiento desocupado. Ninguno. Miró hacia el altar y descubrió a Donatien, vestido de monaguillo, haciendo las labores propias de Brigitte. Se preguntó dónde podría encontrarse la vivaracha niña. Subió a la tarima y se acercó al muchacho, casi un hombre. Éste se sobresaltó al escuchar pasos tras él.

     -Tranquilo Donatien, c’est moi- le habló con su voz más dulce, viendo como los ojos del mancebo casi salían de sus cuencas.

     -Marie!- el niño a punto estuvo de echarse a llorar.

     -¿Qué ocurre?

     El niño negó con la cabeza mientras seguía con los preparativos de la misa.

     -¿Dónde está Brigitte? Me gustaría saludarla.

     -Elle est allée.

     -¿Se ha ido? Pero, ¿Dónde? Si no es más que una niña.

     -L’éveque… Je ne sais rien!

     Donatien estaba asustado, lo veía en sus ojos. Sabía qué le había ocurrido a la pequeña, no cabía duda, y tenía que averiguar de qué se trataba.

     -¿Dónde se encuentra el obispo? ¿En la sacristía?- Marie dirigió la vista hacia la puerta cerrada.

     -Non, il n’est pas là. Il est allé au chateau.

     -¿Al Castillo? Debe ser por algo urgente- miró la capilla, a rebosar de asistentes-. Ven conmigo- cogió la mano del monaguillo y lo llevó, casi a rastras, hasta la calle. Allí, se puso en cuclillas y lo giró hacia ella agarrándolo por los hombros-. Dime qué es lo que te pasa. Evitas mirarme. ¿Alguien le ha hecho daño a Brigitte?

     Volvió a negar con la cabeza, moviéndola de un lado a otro rápidamente, mientras las lágrimas surcaban sus mejillas.

    -¿L’éveque te ha hecho algo?- Marie sabía que el obispo nunca había tocado a un niño. Se temió lo peor-. ¿Ha hecho daño a Brigitte?

     Donatien se abalanzó sobre ella y la abrazó fuertemente mojándole el cuello con sus abundantes lágrimas.

     -Je crois qu’il l’a tué- le susurró al oído el niño.

     Marie lo rodeó con más fuerza entre sus brazos, intentando calmar los temblores de su aún frágil cuerpo. Donatien pensaba que Brigitte había sido asesinada por el obispo y  ella sabía que aquello no era una creencia descabellada.

     Los tañidos de una campana lejana la sacaron de sus pensamientos y las gentes reunidas en el convento comenzaron a salir del mismo. Donatien agarró con fuerza la mano de Marie, ante las nuevas, nada halagüeñas, de aquellas campanadas que solo en contadas y negras ocasiones sonaban. Un soldado real llegó al galope por el camino del bosque y se colocó ante ellos.

     -El obispo Godet os anuncia la suspensión de la misa. Nuestro rey, Louis-Phillippe, ha fallecido.

    

 

 

 

     Madeleine se arrodilló junto al lecho de su padre, tomó su mano y apoyó su mejilla en ella sin hallar atisbo de vida.

     -Princesa- el médico real se situó tras la muchacha.

     -¿Por qué no se me avisó cuando mi padre agonizaba?- preguntó sin girarse.

     -Lo lamento, mi señora, pero fue el obispo Godet y no yo, quien acompañara a nuestro monarca en sus últimos instantes. Debería ser a él a quien preguntarais.

     La princesa cerró los ojos y apretó la mandíbula, evitando pronunciar cualquier blasfemia o vituperio contra el prelado ante el cadáver, aún caliente, de su progenitor.

    

domingo, 17 de marzo de 2013


-17-

 

 

     Se despertó con un dolor de cabeza espantoso y sin saber dónde se encontraba. Dashiell echó un vistazo a su alrededor, bizqueando los ojos a causa de la luz solar que penetraba por la pequeña y única ventana de sus aposentos. Sus aposentos. Empezaba a recordar. La taberna, las enormes tetas de la puta, Marie, Annette… La grandísima borrachera que lo había dejado fuera de combate. Se levantó de la cama como pudo, agarrándose la cabeza que parecía a punto de reventar, y al ver su polla colgando entre las piernas, intentó aclarar su mente para tratar de comprender lo sucedido en su dormitorio la noche anterior.

 

 

 

 

     Bastien volvió a ponerse en marcha cuando apenas amanecía. Las sombras lo rodeaban, mientras los débiles rayos de sol  despuntaban ya sobre los picos más altos de las montañas del este. Miró el bello paisaje que iba vislumbrándose a su alrededor y pensó en Marjolaine, al tiempo que, distraído, acariciaba las crines de su corcel. Cuánto hubiese disfrutado su amada de aquel viaje, de las cimas nevadas, del verdor absoluto de los campos y de las laderas. Desechó aquellas hermosas imágenes de su cabeza luchando contra las lágrimas. Había tomado la firme decisión de seguir adelante, de no pensar en el sufrimiento ocasionado y, en aquella nueva vida que había comenzado para él, no había lugar para el pasado.

    

 

 

 

     -Tenéis mal aspecto, caballero- Annette se colocó con los brazos en jarra ante Dashiell, quien guardaba la puerta de los aposentos del príncipe Antoine -. ¿Acaso no habéis pasado buena noche?- le preguntó sarcástica.

     -Ójala lo supiera- el custodio resopló-, mas el alcohol hizo estragos en mí y apenas recuerdo ciertos detalles.

     La joven no ocultó una amplia sonrisa.

     -Siendo hombre como sois, imagino vuestra preocupación al no saber si existe mujer insatisfecha en palacio.

     -Algo así resulta improbable, por no decir imposible. Con o sin alcohol, jamás ha amanecido junto a mí mujer descontenta.

     -Que vos sepáis.

     -¿Con ello queréis insinuar, doncella, que a vos os desagradó?

     -En absoluto, si bien aquel día permanecisteis sobrio- le dio la espalda-. Es otra la que puede arrepentirse de haber yacido junto a un hermoso caballero que ni siquiera la recuerda.

     El soldado se colocó ante ella, impidiendo que partiera.

     -¿Estuve con Marie? ¿Nos visteis?

     -¿Marie?

     -La cocinera- especificó él, azorado.

     -Lo sé, el gorrión- Annette hizo una pausa, enrabietada por la manera tan familiar de pronunciar su nombre-. Junto a ella os hallé ante vuestros aposentos. Los servicios que allí dentro os ofreciera, en cambio, los ignoro- alzó la voz mientras se alejaba-. No obstante, podéis preguntárselo. Seguro la haréis sentir dichosa.

      Annette, enojada, bajó a la planta baja y salió a la calle desechando de su cabeza la idea de pedirle a Dashiell que la acompañara a Passan, puesto que en aquel momento, a pesar del cariño que le profesaba, prefería mantenerlo fuera del alcance de su vista.

     En el patio de armas habló con el instructor, llamando éste a dos de los soldados que se entrenaban con la espada. Les ordenó que la custodiaran hasta su destino y una vez los caballos estuvieron ensillados, los tres se pusieron en marcha hacia la casa del herrero.

 

 

domingo, 10 de marzo de 2013

-16-


    Odiaba las noches y las turbadoras pesadillas en las que se sumergía en cuanto sus ojos se cerraban y se quedaba dormida, pero había llegado el temido momento de dirigirse a su dormitorio a descansar. Disfrutaba matándose a trabajar durante el día, cargando pesos, sudando profusamente, notando el ardor de las plantas de sus pies tras más de la mitad de la jornada sin sentarse ni detenerse a respirar, porque al menos no pensaba. Mantenía a resguardo todos los recuerdos que la dañaban, todas las frías sensaciones, ocultas en el rincón más escondido de su mente. Sin embargo, en su celda, en el silencio oscuro, la bestia tenebrosa que la perseguía desde su más tierna infancia se le echaba encima.
     Marie salió de la cocina y ya en el corredor, algo tirado en el suelo la hizo tropezar. Se acercó para mirarlo a la luz de la antorcha que portaba y un gritó escapó de su garganta cuando el bulto gruñera y comenzara a moverse.
     -¿Caballero Dashiell? ¿Pero qué hacéis…?- la cocinera se agachó junto a él y el agrio tufo de la cerveza la echó para atrás-. ¡Apestáis!- con la cabeza girada e intentando aguantar la respiración, la muchacha lo enganchó por debajo de las axilas y tiró de él hacia arriba para ponerlo en pie.
     -Os amo- balbuceó el borracho soldado apoyándose sobre uno de los pechos de ella.
     Marie sonrió. Quitó la grande mano del custodio de encima de su busto y lo situó contra la pared de piedra.
     -No os burléis de mí. Lo que digo es tan cierto como el acero de mi espada…- Dashiell palpó su cadera y no encontró arma alguna-. ¿Y mi espada?
     Marie se agachó y la recogió del suelo.
     -Tomad caballero, aquí la tenéis. Ahora mejor será que vayáis a acostaros. La luna ilumina Mauban y necesitáis descansar.
     -De acuerdo- dijo tambaleándose mientras intentaba insertar la espada dentro de la vaina-. Me voy. Pero mañana cuando me levante seguiré sintiendo lo mismo por vos- dio varios pasos hacia la puerta de la cocina.
     La joven lo agarró del antebrazo y lo giró, guiándolo hacia las escaleras.
     -Mejor os acompaño. No desearía encontraros de mañana, durmiendo sobre los leños de la cocina.
     Llegaron a trompicones hasta los aposentos del caballero. Marie abrió la puerta con uno de los brazos del muchacho rodeando su hombro y con su cabeza sobre la de ella. Se disponía a entrarlo en el dormitorio cuando unos pasos de mujer resonaron tras ellos. Se volvieron.
     -¡Annette!- exclamó Dashiell sonriendo-. Ya estamos todos reunidos- dijo con una amplia sonrisa.
     -Ya lo veo- dijo la doncella, mirando fijamente a la cocinera y transformándose en rabia la compasión sentida por ella aquella misma tarde. Al parecer, la santurrona era más avispada de lo que parecía a simple vista.
     -Solo lo ayudaba a llegar al dormitorio- intentó excusarse la cocinera, temiendo que la doncella pensara que su hombre la engañaba.
     Annette se giró sin mediar palabra y desapareció en las penumbras al llegar al final del pasillo.
    




     -¿No ibais a agradecer su ayuda al apuesto Dashiell?- preguntó la princesa, tumbada ya en la cama, extrañada de la pronta vuelta de su doncella.
     -Un gorrión se me adelantó - dijo con rabia acordándose de las palabras del caballero.
     -Acompañadme pues en el lecho. No me vendría nada mal vuestro calor.
     Annette se sumergió entre las suaves sábanas de seda junto a su amada, uniendo sus cuerpos desnudos en un abrazo sensual.
     -¿Os notáis extraña?- acarició su vientre.
     -No, no siento nada raro. Quizá no esté encinta.
     -Si como me contasteis, el herrero y vos llegasteis juntos al clímax, no dudéis que lo estáis. Sabéis tan bien como yo que ésa es la única forma de quedarse preñada. Pero debemos ser pacientes, puesto que quizá sea pronto para sentir algo en vuestro interior- la abrazó con más intensidad, susurrándole al oído-. Yo os cuidaré, no os preocupéis Mi señora, pero mañana, sin falta, debéis acostaros, de nuevo, con el príncipe Antoine, para que cuando el retoño nazca, las cuentas sean exactas y ninguno de vuestros enemigos sospeche sobre su paternidad.
    

      Donatien se arrebujó más en la incómoda cama, sintiendo las pajas sobre las que yacía clavándosele por todo el cuerpo. Se hallaba destemplado a pesar de no ser una noche fría en exceso y buscó el cálido y protector abrazo de su madre, tumbada a su lado. Ella le besó con dulzura en la frente, revolvió sus cabellos y lo rodeó con su brazo, susurrándole un te quiero que llenó de paz al muchacho.
     A punto de caer en el regazo del sueño, el niño recordó las amenazas de aquel demonio al que impediría dañar a su madre o a su hermana mayor. Eran su familia, lo que más quería en el mundo. Las protegería del monstruo y de sus malas artes, aunque su propia vida se viera por ello en peligro.

domingo, 3 de marzo de 2013

-15-


     Marie salió de la oscura cocina cubriéndose los ojos para que el sol del mediodía no los dañara. Caminó hasta el centro de la plaza, mezclándose con las gentes que abarrotaban las rúas, y se detuvo junto al pozo para llenar de agua los cubos con los que cargaba. Alzó la vista al sentirse observada y su mirada se cruzó con la del caballero Dashiell. Se ruborizó al recordar la mañana anterior junto al río,  los labios de aquél pegados a los suyos, su húmeda lengua entrando en su boca sin ningún impedimento por su parte. Pero no se hallaba solo. Algo se rompió en su interior al verlo acompañado de Annette, la deseada y bien parecida doncella de la princesa. Los rumores de los que los pasillos del castillo se hacían eco eran ciertos. Estaban juntos. Sintiendo vergüenza por sus impuros pensamientos bajó la mirada y continuó con la faena, volviendo a la única realidad que le correspondía.




     Annette detuvo la marcha cuando Dashiell se paró en seco. Siguió su brillante mirada azul y se encontró con la de la  pupila del obispo Godet, la cocinera de los grandes pechos. Observó a ambos, quietos, sin apartar la mirada el uno del otro y una punzada de celos le atravesó el pecho como una lanza en llamas. Cuando la plebeya agachara la cabeza para volver a la tarea, la expresión del caballero se tornó triste y apagada, como si algo se hubiera quebrado en su interior.
     -¿Habéis visto un fantasma?- con una indiferencia rayana en el desaire, Annette se arremango las faldas y comenzó a andar resuelta hacia los establos, dejando al soldado a varios pasos por detrás de ella.
     Él salió de su atolondramiento y corrió para alcanzarla.
     -Lo lamento- se disculpó al ver el enfado en el rostro de la doncella-. Creí ver un gorrión.
     -¿Acaso un gorrión que ha huido de vos porque prefiere su libertad?
     -Más bien un gorrión al que le fueron cortadas las alas y teme ser libre- entraron en las cuadras.
     Los celos de la doncella se fueron convirtiendo en lástima a medida que imaginaba las penurias que aquella muchacha habría pasado bajo el techo del viejo prelado.
     -Ese gorrión es afortunado de teneros como protector- lo miró de soslayo mientras uno de los mozos la ayudaba a montar-. Nadie osará lastimarlo en tanto vos lo protejáis.
     -Desgraciadamente es tarde para evitar que lo dañen- Dashiell salió al galope y la muchacha lo siguió, tratando de darle alcance.
     Salieron de la fortaleza y en la encrucijada tomaron la ruta que Annette creyó más probable para la huida de Su señora. No habían cabalgado más de cuatro leguas cuando un jinete apareció ante ellos. Una mujer de ropajes grises y cabellos sueltos y revueltos.
     -¿Annette?
     -¡Princesa! ¿Qué os ha pasado?- la doncella desmontó del caballo y se acercó corriendo hasta su señora. La ayudó a bajar y se fundieron en un abrazo-. ¿Dónde están vuestros ropajes? ¿Os han robado? ¿Os han lastimado?
     -Tranquilizaos, nadie me ha robado ni lastimado. Después, con más calma, os lo narraré todo con pelos y señales. Ahora solo deseo llegar a mis aposentos para comer y descansar.
     Ocultas entre los árboles, al borde del camino, ambas mujeres intercambiaron sus vestimentas para que nadie se diera cuenta de la corta escapada de la rebelde princesa.




      Por segunda vez aquel día, Dashiell se dirigió a la taberna sintiendo la imperiosa necesidad de emborracharse, perder el sentido y no pensar en nada más que en satisfacer su estómago, su gaznate y su polla. La princesa se encontraba a salvo en sus dependencias y su turno de vigilancia no tendría lugar hasta la mañana siguiente, así que había llegado el momento de disfrutar de su tiempo libre.
     Recorrió la calzada principal, poco transitada ahora que la tarde a punto estaba de dar paso a la noche y llegó al antro, nido de voces y ruidos.
      -¡Caballero!- exclamó la puta de las grandes tetas en cuanto puso un pie en la taberna-. Os echaba de menos- lo agarró del brazo restregando sus enormes mamas contra él-. Me alegra que hayáis decidido volver.
     -Teníamos asuntos pendientes- dijo palmeando su gordo trasero con fuerza y agarrándola por la cintura, mientras se dirigían al fondo, a la mesa que siempre ocupaba.
     Allí le sirvieron cerveza y cerdo asado, con la ramera acariciando su entrepierna sin cesar. Totalmente empalmado se giró en el banco y la sentó sobre él, subiendo aquellas roídas faldas con sus manos llenas de grasa. Con dedos ágiles y expertos, la puta sacó su bien dotado miembro y se lo acarició, en tanto el soldado se entretenía mordiendo sus pezones y hundiendo la cara en sus pechos. Ella  acercó hasta su vagina el pene trempado y él la penetró entre los gemidos de gorrino degollado de ella y los vítores de los parroquianos que empinaban el codo a su alrededor.

domingo, 24 de febrero de 2013

-14-


     La princesa, agachada entre la maleza, comenzó a adentrarse en la espesura de aquel bosque que se extendía  a varias leguas de la fortaleza. El astro rey apenas penetraba entre el tupido follaje de las copas de los árboles y la niebla matutina serpenteaba sobre la hojarasca, humedeciendo su piel y sus ropajes. Se estremeció por un súbito escalofrío que recorrió su espalda y anduvo más rápido, todo lo rápido que las largas sayas le permitían sin hacerla tropezar. Miró por encima del hombro. Le había parecido escuchar algo, un chasquido. Mas no se detuvo. Continuó su camino mientras la niebla ascendía y se hacía más densa, teniendo que agarrarse a los troncos resinosos de los árboles cercanos para continuar la marcha.
     Pensó en sus cálidos aposentos maldiciéndose por su impulsividad. Si solo hubiera esperado a que Annette hubiese hecho acto de presencia, continuaría allí, abrigada por las vigorosas llamas del hogar y por el sensual cuerpo de su amada. Lamentó haberla echado de su dormitorio la noche anterior.
      Otro ruido a su siniestra. ¿Pasos? Nada. Sin quitar la mirada de donde hubiera provenido el sonido volvió a caminar, intentando hacer ahora menos ruido. Tenía el rostro impávido, incluso sereno, pero en su fuero interno deseaba correr, estar lejos de aquella frondosa y aterradora vegetación. ¡Crash! Otro chasquido. Otro paso. Madeleine se agachó, tanteó el suelo con las manos y encontró una rama caída. La asió fuertemente, a la altura de la cabeza, dispuesta a utilizarla contra quien la estuviera siguiendo. Pero aquello no fue necesario. Respiró aliviada cuando el supuesto merodeador salió de entre los árboles con su cornamenta y con sus tiernos y almendrados ojos de ciervo. Soltó el palo, sonriendo avergonzada por su cobardía.
    Tras unos pasos, uno de sus pies se hundió  en el barro. Tiró de él hacia arriba para liberarlo y el impulsó la lanzó  de espaldas sobre el lodo. Se levantó torpemente, agarrándose a una de las retorcidas raíces que sobresalían en la superficie y continuó la marcha empapada y con las vestimentas pesándole sobremanera. Una punzada en la planta del pie la hizo detenerse. Se sentó sobre un tocón. Su escarpín debía haberse quedado hundido en el barro y una púa de pino le había atravesado la desnuda carne. La arrancó con brusquedad y un hilillo de sangre brotó del pequeño agujero. Se levantó y miró a su alrededor. Ante ella, solo la eternidad del bosque y sus penumbras. Nunca se había sentido tan perdida, tan abandonada a su suerte. Tomó una dirección al azar, intentando no volver sobre sus pasos, mas sin saber si lo hacía o no. Una rama se enganchó al bajo de sus sayas y, al intentar soltarlas éstas se rasgaron, quedando un pedazo de tisú prendido de la rama de un arbusto.
     De repente un ruido metálico llenó el bosque sobresaltándola. Los pájaros alzaron el vuelo en bandada con un ensordecedor aleteo mientras Madeleine miraba a su alrededor intentando descubrir la procedencia del extraño y repetitivo sonido. Sin embargo, el eco hacía que pareciese que el martilleo viniera de mil lugares distintos a la vez. Decidió continuar por el este. Allí el suelo no estaba tan embarrado y podría acelerar el paso.
     No había andado demasiado cuando el bosque terminó de repente y dio con un camino de guijarros. Efectivamente, el sonido venía de no lejos de allí. Caminó renqueante, suplicando para sus adentros que el ruido no cesase.




      Yannick dejó a un lado la espada que estaba enderezando a martillazos cuando escuchó unos pasos a su espalda. Miró a aquella muchacha que se acercaba a su herrería llena de barro de pies a cabeza, vestida con unas sayas rotas y rasgadas, exageradamente largas para una campesina. Supuso que sería extranjera.
     -¿Puedo ayudarte?- preguntó limpiándose las manos y el sudor de la frente con un trozo de tela.
     -Podéis. Me he perdido en los bosques. Estoy fatigada y hambrienta y ni siquiera sé en qué lugar me encuentro.
     -Estás en Passan- le respondió, extrañado por su educado lenguaje.
     -¿Passan?- la princesa se dio cuenta de que tan solo estaba a un par de leguas de la fortaleza y respiró aliviada.
     -Deberías cambiarte de ropa si no quieres enfermar. Dentro encontrarás algo que te sirva- el herrero le dio la espalda y prosiguió con su trabajo.
     Madeleine lo miró de arriba abajo y no encontró en aquél, motivo que la hiciera desconfiar, así pues, entró en su morada, sucia y desordenada. Nunca antes se había adentrado en lugar tan humilde y sintió inmediata lástima por el generoso hombre. Tenía la lumbre encendida, mas la fría humedad se había apoderado hace tiempo de aquel hogar con olor a moho. Observó las ventanas, desprovistas de vidrieras, únicamente protegidas por unos postigos de madera, abiertos ahora de par en par. Vio una puerta, la única dentro de la casa, y al abrirla se encontró con un minúsculo dormitorio poseedor de una raquítica cama en el centro. En el armario había ropa de mujer. Eligió algunas de aquellas tristes y escasas prendas de grises colores y tras acicalarse y vestirse con ellas, salió al exterior, aliviada de sentir el roce del aire limpio en su rostro.
      -Espero que a vuestra esposa no le importune que haya elegido estas ropas- dijo alisándolas en la zona de las caderas, tratando de llamar la atención del herrero.
     Yannick la miró sin cambiar su seria expresión y volvió a centrarse en su dura tarea, tratando de no mostrarle a aquella, la grata impresión que su belleza le había causado.
     -No te preocupes. Mi mujer está muerta. Puedes ponerte lo que necesites.
     Madeleine se quedó de piedra tras aquella inesperada respuesta.
     -Yo…
     -No hace falta que digas nada. Fue hace mucho tiempo- hizo una pausa- ¿Has comido?
     La princesa negó con la cabeza y se colocó ante él, absorta por los precisos movimientos con los que el herrero maleaba el metal.
     -Poseéis una indudable maestría en vuestro oficio. Estoy convencida de que no tendríais problema en fabricar unas herraduras de calidad.
    -Compruébalo si quieres- señaló con la cabeza hacia el establo-. Yo mismo calcé las herraduras a mis caballos. Después elige al que prefieras, coge queso y pan y regresa a casa. Seguro que alguien estará preocupado esperando tu vuelta
     -¡Vaya! Sutil manera la vuestra de deshaceros de mí- Madeleine no ocultó su sorpresa-. Sois el primer hombre que se atreve a echarme de su lado. ¿Acaso no os parezco lo suficientemente atractiva?
     Yannick admiró aquella figura esbelta, perfecta, de almendrados ojos y labios de fresa,  de  rizados y negros cabellos que caían salvajes sobre su espalda, de piel pálida como las nieves que no tardarían en llegar. No era una campesina y tampoco extranjera, pero si le hubiese confesado ser una ninfa del bosque, no lo hubiera dudado ni por un momento.
     -Por supuesto que me pareces atractiva, pero dudo tener suficiente para pagar tus servicios.
     Madeleine comenzó a reír escandalosamente. ¡Una ramera! Para aquel herrero de nombre desconocido no era sino una vulgar prostituta, una sucia chica de taberna. Lo observó divertida, imaginando su cara cuando le dijera ante quién se encontraba, cuando sus piernas flaquearan al saber que era su princesa a la que había insultado y cayera postrado de rodillas ante ella suplicando perdón. Pero por el momento lo mantendría en secreto.
     Bajó la parte superior del vestido dejando sus senos al aire y se acarició los pezones. Deseaba ese cuerpo sudoroso y fuerte compartiendo su espacio, metiéndose en ella.
    - No os preocupéis, habéis sido tan amable conmigo que este servicio será gratuito.    
     El herrero la agarró por la cintura apretándose contra ella con fiereza, mientras los pechos de la muchacha se aplastaban contra el frío cuero de su delantal ceniciento. La cogió por el trasero elevándola hasta su cintura y ella se la rodeó con sus piernas, agarrándose fuertemente a sus robustos hombros y a su cuello.  Yannick la sentó al borde de una mesa de trabajo alargada, llena de armas y otros útiles. Con su nervudo brazo derecho dejó libre la superficie, cayendo al suelo, estruendosamente, cada pieza metálica. La tumbó y le levantó las faldas. Él se quitó el delantal, bajó ligeramente sus calzas y sacó su verga. Colocó las piernas de ella sobre sus hombros y empezó a masturbarse rozando la rosada vulva con su glande, que salía y volvía a esconderse, aún tímido, en el interior del prepucio. Así estuvo largo rato, tocándose lentamente, humedeciendo su miembro con los fluidos de ella, hasta que al desenvainar completamente, la penetrara sin aviso. Entró hasta el fondo echándose sobre el hermoso y desvaído cuerpo, golpeándole el ano con los testículos, mientras ella, a merced de sus envestidas, se asía, poderosamente y entre gemidos de placer, a los laterales de la mesa. Él le beso, entrelazando su lengua con la de ella mientras agarraba sus pechos como un niño hambriento. Ella abrió los ojos cuando el comenzó a mordisquearle el cuello. Vio el cielo, más hermoso que nunca, los rayos de sol entre las nubes iluminando los altos árboles del bosque. Introdujo sus finos dedos entre el vello del  aquel fuerte pecho, jugando con él,  y sus ojos se cruzaron. Los tenía verdes, entrecerrados por el cercano orgasmo, surcados por pequeñas arrugas que se acentuaban a causa de lo tostado de su piel. Le acarició la mejilla. Él la volvió a besar. Le quería pedir que se detuviera en su interior, en su calor, quieto, abrazándola con sus musculados brazos, para poder quedarse apoyada en su pecho perlado de sudor hasta el fin de sus existencias.




     Annette se dirigió a los aposentos del príncipe Antoine preocupada por la huida de Su princesa. Nunca antes había tardado tanto en regresar y temía que algo malo pudiera haberle ocurrido.
     -¿Dónde puedo encontrar al caballero Dashiell, soldado?- preguntó al custodio apostado ante la puerta del futuro soberano.
     -Acaba de terminar su guardia, mas desconozco su destino. Sin embargo, quizá yo pueda serviros, doncella- el hombre la agarró del antebrazo.
     -Si no me soltáis presto, ayudareis al pueblo y no a mí,  alimentándolo con vuestras manos de cerdo- se soltó de sus zarpas enguantadas.
     La muchacha se encaminó por el corredor hasta las escaleras que conducían a la entrada principal. Debía encontrar al caballero y creía saber dónde podría estar. Así pues, anduvo por la calzada principal hasta la taberna  más popular y de peor fama de la fortaleza.
     Entró en el antro y lo vio en la mesa del fondo, junto a tres soldados más y con una rubia de exuberantes pechos al descubierto sobre sus rodillas.
     -¡Caballero Dashiell!- alzó la voz para hacerse oir y una veintena de cabezas, entre putas y clientes, se giraron hacia ella.
     -¡Mercancía nueva!- gritó uno de esos bárbaros.
     -¡Calla estúpido!- el joven de tierras del norte se levantó apartando a la prostituta de encima-. Estás hablando con una dama-. Se acercó a Annette-. ¿Qué hacéis en este lugar? No es apropiado para vos.
     -Necesito vuestra ayuda- le dijo con ojos suplicantes.
     Él, sin dudarlo ni por un instante, apoyó su mano en su espalda y la instó a que saliera de la taberna.
     -¡Qué sucede?
     -Es la princesa. Ha huido esta mañana y todavía no ha vuelto. Quizá esté herida o…
     -Tranquilizaos. Seguro que se encuentra perfectamente, pero, ¿estáis convencida de que no  ha escapado para no volver?
     -Segura, Mi princesa nunca haría algo así. Jamás abandonaría a su padre, ni a su reino. Sabe perfectamente cuáles son sus deberes y nunca traicionaría sus votos. Pero a veces, siente la necesidad de marcharse durante algunas horas para no sentirse como un pájaro enjaulado entre estas gruesas y altas paredes.
     Dashiell se colocó los guantes y la cogió de las manos.
     -No os preocupéis. Os prometo que haré todo lo que esté en mis manos para encontrarla sana y salva.
     -Os lo agradezco mi señor. Pero prometedme también que mantendréis la búsqueda en secreto. La princesa no querría que la noticia se propagara como una epidemia.
     -No lo diré. Ensillaré mi caballo inmediatamente y saldré a buscarla.